sábado 21 de mayo de 2011

La stella del cane

En la novela Doctor Pasavento, el narrador trata de llegar a ser otro escritor a través de los propios recuerdos y de los estímulos que recibe del mundo exterior, sea en forma de nombres, palabras o acontecimientos. Es por ello que a lo largo de la historia sufre múltiples paranoias; no voluntarias o imaginadas. Así, llega a escribir: “Le hablé de las señales del mundo exterior, de las ondas invisibles que conectaban la embajada de Siria con los jardines de Matignon” o también, “El chófer es sirio, se llama Mohamed Al Yundi”. De niños nos gustaba ir hasta el puerto a escuchar las olas romper contra las rocas en las largas noches de invierno, sonido misterioso que nos acercaba la transcendencia de la oscuridad al tiempo que nos recordaba el alegre y ya lejano verano. En aquel pueblo destartalado donde los terremotos nos ungían con el carácter fatalista que ha de poseer todo habitante meridional: desde Catania hasta Lorca, cortados todos por el mismo patrón. A los niños no los etiquetaba un psicólogo escolar marcándoles para siempre su destino. El que diseccionaba moscas en clase o se le caían los mocos continuamente, era bueno para jugar al fútbol. El individuo tal cual, con todas sus posibilidades. Desde Palermo a Torrevieja, aferrados al mismo paralelo: teníamos un amigo que era un gran mentiroso, y que nos refirió que el espejo de Venus, situado en la constelación de Orión era la Osa Mayor mientras que la Osa Menor serían las Pléyades. Para completar su relato añadió que Sirius era la Estrella Polar. Tardé varios años en descubrir el engaño y todavía hoy, cuando miro hacia el cielo del sur en las claras noches de diciembre rememoro al fabulador. A primera hora de la tarde, antes del telegrama, he oído voces que hablaban de Siria.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada