Ibrahim abandonó su hogar al paso de los rebeldes. Se unió a ellos cuando su familia quedó en zona libre. Durmió más de cien noches à la belle étoile, pues quiso aprender alguna expresión en la lengua del amigo francés, de Sarkozy. Comió lo que pudo y bebió agua sucia durante más de tres meses. Casi al final le dieron un uniforme.
Cuando llegó a Trípoli jamás había visto una ciudad tan grande y con tantas luces. Tras las primeras horas de alegría, su gesto se volvió taciturno. Intrigas entre los mandos y compañeros de lucha abofeteados. Comprendió que la batalla ahora, más sutil si cabe, iba a ser por un despacho con aire acondicionado, quién sabe si con la foto de Cameron o del Président hermano de los árabes. Sintió un escalofrío cuando un oficial del nuevo ejército le preguntó si acaso era gadafista. Los pocos conocidos que tenía en la capital le prestaron ropa de civil. En el camino preguntó si alguna destartalada furgoneta se dirigía hacia el sur.
Ya regresa hacia su pueblo natal Ibrahim, el libertador de Trípoli.

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