sábado 17 de septiembre de 2011

A pleno sol

La tarde caía a plomo sobre el descuidado asfalto de aquella zona residencial a las afueras de la ciudad. Era ya septiembre y los tres amigos volvían a sentarse en torno a una mesa. Antoni pidió un limón granizado, Manuel un gintonic y Sara no quiso nada pero bebió dos tragos del vaso de Manuel. A pesar de los altos eucaliptus el calor continuaba siendo insoportable. Sara creía desfallecer. Antoni removía el granizado con la pajita trazando una oscilación que parecía no tener principio ni fin, como si en todo el estío él no hubiera hecho más que eso: remover un limón granizado hacia arriba y hacia abajo con la mirada perdida quizás o fija en algún objeto (la torre negra sobre un tablero de ajedrez o el título de un libro que alguien dejó olvidado en un banco del parque o un bote de coca-cola aplastado contra el suelo), esperando ese momento en que tornara a ver a Sara, la eternidad de ese instante tanto tiempo anhelado y para dentro de sí pudiera por fin exclamar (maldiciendo la tremenda luz que le cegaba la vista): no sé si soportaré otro verano sin ella. Se levantaron los dos y dijeron que necesitaban pasear un rato. Manuel los vio alejarse por la destartalada avenida rodeada de altos pinos mientras los hielos del gintonic golpeaban contra sus labios resecos.

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