El temporal de viento de noroeste, con alerta amarilla, provocó que el pasado febrero la ruta por carretera sur-norte la desviáramos hacia la zona más cercana al mar, aprovechando el parapeto de las montañas. Doscientos veinte kilómetros con el desafío de no dejarnos llevar por un golpe de aire.
Regresaba cansado y con cierta sensación de amargura a causa de todos los asuntos legales que había tenido que resolver esos días: incompetencias ajenas habían acabado derivando en males propios.
El hecho de no conducir esa tarde me permitió contemplar el olvidado paisaje. Nos detuvimos a echar gasolina y entré también al baño para refrescarme la cara: mis sentidos se revitalizaron un poco. El coche salió embravecido con el impulso de la gasolina y se presentó ante nosotros el tapiz verde de los campos de naranjos que se extendían hasta el mar.
El sol estaba próximo al horizonte oeste, poblado de montes, con lo cual nuestro tramo de la autopista quedó en la zona de sombra. Lejano en el este iluminado por un fondo azul, preludio de la primavera, apareció el castillo que domina la ciudad donde paso parte del verano: Bomarzo, Los hermanos Karamázov, Las Metamorfosis, El mundo de Guermantes; también los pies descalzos caminando sobre la orilla de la playa.
Y sin querer vino a mi mente el Purgatorio de Dante, o fue quizás la sensación de haber sufrido.
Y vi en esa fortaleza dorada por el sol un refugio. La zona de sombra por la que transitaba y la zona de luz como un recuerdo, pero afortunadamente como una promesa al mismo tiempo.
Los dos carriles de la autopista se convirtieron en tres y se llenaron de los coches que circulaban ya con las luces encendidas. Avanzábamos en silencio con la velocidad restringida por el radar. Habíamos superado el temporal, apenas si quedaban veinte minutos y esa noche dormiríamos en casa.