Mostrando entradas con la etiqueta Trabajos y días. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Trabajos y días. Mostrar todas las entradas

sábado, 20 de junio de 2026

Grace Kelly en el Hermitage

     Hay una secuencia en la película El arca rusa en que un aristócrata del siglo XIX se pasea por las salas de pintura italiana del museo Hermitage de San Petersburgo. Se detiene y observa con devoción una obra religiosa que representa a Cristo, buscando la belleza y la trascendencia espiritual que definían el arte de su propia época.

    De repente, la voz en off del narrador empieza a interactuar con él, mientras se da cuenta de que a su alrededor la estancia se llena de visitantes del siglo XXI, vestidos con ropa moderna, que pasan casi con indiferencia delante del cuadro.

    Sirvan los párrafos anteriores a modo de introducción: era viernes y el calor anunciaba les grandes vacances, la indolencia se notaba en el ambiente, quise animar la clase y elegí un texto en francés sobre el Principado de Mónaco, un lugar para irse de vacaciones o hacer escala por lo menos, con huecos que había que completar con palabras dispuestas en el otro lado de la página.

    Aposté fuerte y propuse contarles quiénes fueron los padres del complaciente príncipe Albert, que aparecía en una de las fotos. Escribí Grace Kelly y pulsé en imágenes. Sobre la enorme pantalla digital apareció ella, magnífica, distante, de pie y vestida elegantemente junto a James Stewart, sentado en una silla de ruedas con la pierna escayolada.

    Era una escena de La ventana indiscreta en la que ambos habían visto algo que les intrigaba. Parecían mirar hacia nosotros, yo estaba fascinado de ver una imagen tanto tiempo olvidada. Quedé absorto unos segundos pero enseguida me despertó el murmullo: “¿Quién es esa?"  "¿Cuándo se acaba esto?”

    Y en ese mismo instante tuve una sensación parecida a la del visitante del Hermitage. Fui consciente, lo asumí y me hice cargo: un muro infranqueable había surgido súbitamente entre el simbolismo de la imagen de Grace y nosotros. ¿Desde cuándo? Ni siquiera me enfadé, les dije que si estaban interesados en la familia principesca buscaran ellos en casa. Cerré la pestaña de la pantalla y los invité a seguir rellenando los huecos con las palabras que faltaban.

    Me senté en la mesa del profesor, frente a los alumnos, apoyé el codo en el brazo de la silla y la barbilla sobre la mano; miré de lado, hacia el horizonte, las golondrinas iban y venían con su marcado y agudo perfil negro.



sábado, 15 de marzo de 2025

15 de marzo de 2020

    Me caló hondo ese tiempo extraño nunca antes vivido, en el que para tratar de verme desde fuera rememoraba las imágenes de doctor Zhivago, esos momentos en que Yuri sale a recoger leña para su familia en el gélido invierno, cuando la Rusia zarista se desvanecía ante el inminente advenimiento de la Unión Soviética.

    Y la arcaica palabra, conticinio (hora de la noche en que todo está en silencio) se apoderó del día. Y las terrazas de los edificios, que en un tiempo fueron de la luna y de las estrellas, se llenaron de gente que giraba como animales enjaulados o que miraba melancólica al horizonte.

   De ese número que aparecía cada día en todos los telediarios, ¿qué se hizo de vuestra alma?

   Iremos a buscarla en los cielos del futuro que, sin duda, nos remitirán al pasado. La encontraremos, muy marcada, en la forma de una nube o en la inesperada visita de un gorrión.


jueves, 2 de mayo de 2019

La espera

    Cualquiera debería poder decir: “estuve cinco días de abril en la Provenza”. Cuando el grupo abandonaba la Place de la République de Arlés en dirección al anfiteatro romano, un transeúnte me interpeló para preguntarme si yo era el guía; “no exactamente”, le respondí. 
    Tras alabar el monumento de su ciudad comparándolo con el de Nîmes, la última nube que había en el cielo dejó por fin salir el sol y el arlesiano concluyó su argumentación diciendo que el anfiteatro de Arlés era “plus flamboyant”, más vistoso, más llamativo. Me despidió con un gentil saludo y me invitó a que yo reflexionara si él decía la verdad o tenía razón.
    Me senté en lo más alto de las gradas romanas y vi a lo lejos los pinos, cipreses y olivos que nos habían de acompañar durante el trayecto hasta Marsella. El adjetivo “flamboyant” seguía flotando en el aire.
    Llegamos a la zona del viejo puerto sobre las cuatro y media de la tarde. Parecía que la tormenta del camino se alejaba por fin y, un hecho banal, como pudiera ser la larga espera que el grupo tuvo que realizar porque hacía dos horas que habíamos comido y todo el mundo necesitaba ir al aseo, me permitió sentarme en las escalinatas de la catedral sin un compromiso inminente: ante mí la bahía y por fin, otra vez el mar azul.
    La amable conversación con la anciana dama que unos minutos antes nos había explicado cómo funcionaban los aseos públicos de Marsella, el hecho de que me preguntara si yo trabajaba en un centro de actividades culturales y deportivas de la ciudad; el acento árabe al hablar francés de otros caminantes a los que pregunté antes de encontrar los aseos, seguido por una masa de adolescentes en apuros. Los que jugaban a la petanca nos decían que nos metiéramos en la catedral mientras alzaban los hombros: todo ello provocó en mí una cierta ensoñación cuando pude relajarme, una vez las chicas y los chicos hacían sus necesidades. E iba para largo, pues tenían que entrar en el habitáculo en grupos de tres o cuatro, ya que cada vez que la puerta se abría, el mecanismo de limpieza duraba unos cinco minutos. 
    El guía de verdad estaba exasperado por todo el tiempo que estábamos perdiendo y todas las cosas que íbamos a dejar de ver. Llegó incluso a discutir con una de las jóvenes y pude escuchar alguna palabra malsonante entre ellos.
    Y en esa bahía y en esa gente amable del sur, un tanto indolente, creí reconocerme una vez más, mientras en una nube se podía leer con letras bien claras: flamboyant.

martes, 2 de abril de 2019

La sábana

     Cansado y ajado por los años como estoy, he pedido a mi mujer que saque una sábana para ti. Está doblada en una silla a la entrada de casa, hoy que llueve sobre esta reseca tierra como antaño nevó sobre la Irlanda de Dublineses.
     Esa tela me arropó en su día, y en las noches de verano noté su tacto suave que ahora te acompañará en la eternidad, mi gran antagonista. Todo lo que tú no supiste realizar se quedó suspendido en el aire para que otro lo tomara y, si en aquel lejano tiempo de la juventud imaginé como Aquiles respecto a Héctor, que no todo te tendría que salir bien, que yo tendría una oportunidad, jamás atisbé un final así: ni tu mujer ni tus hijos irán a despedirte; ni siquiera ese cuñado, que en nombre de la moral siempre denunció a sus adversarios políticos, tendrá un postrero gesto de humanidad para ti.
     Guarda tranquilo la pulsera que alguien me pidió que retirara de tu muñeca, ni yo ni nadie perpetrará esa vileza: con ella podrás pagar al barquero que te conduzca al otro lado de la laguna.
     Esta gris claridad da un tono inesperado a la plegada sábana, que ahora contemplo, atónito. Mientras tanto, cae la lluvia “lánguidamente, sobre todos los vivos y los muertos.”

jueves, 14 de junio de 2018

En torno a Alnath

    En visión aparente desde la tierra el sol se encuentra rondando la estrella Alnath. Durante este mes ascenderá sobre nuestro horizonte recorriendo el mismo camino que nos muestra la constelación de Tauro en las noches de otoño. Y, gracias a esa altura sobre nuestras cabezas, estaremos más contentos (también aparentemente) y las sombras de nuestros cuerpos sobre el asfalto, a mediodía, serán cada vez más cortas. El cielo será blu dipinto di blu y tendremos la sensación de estar viendo un cuadro de Canaletto o de estar escuchando un presto de Vivaldi.
    Comeré higos y beberé té al amanecer; y esperaré hasta media mañana para que el viento Gregal comience a soplar. Me acordaré entonces de Anaxágoras, quien afirmaba hace más de dos mil años que nuestra estrella era más grande que el Peloponeso.
    Cuando el viento role a sureste entre unos pinos centenarios vendrá Demócrito para recordarme que el individuo debe ser considerado como un mundo en sí, como un pequeño cosmos donde la principal misión sea mantener el orden y la paz, y entonces sonreiré con él y me permitiré la frivolidad de escribir esta frase: tantum in tempore postmeridiano animae pacem reperio.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Ligereza


Sigo. Pasan los días, luminosos
a ras de tierra, y sobre las colinas
ciegos de altura insoportable, y bellos
igual que un estertor de alondra nueva.”

Canto del caminar. Claudio Rodríguez

    Detenido ante la luz roja del semáforo para los peatones me pregunto cuánto tiempo hacía que no iba caminando al trabajo, o al lugar en que mis horas se ocupan.
    Revolviendo en la memoria, como en una vieja maleta, mientras decenas de coches fluyen en torno a una monumental rotonda en todas direcciones, el recuerdo también avanza y, tras décadas de desplazamiento en coche, tren, metro o autobús, llego hasta el camino que hacía de mi casa al colegio.
    Busco en el navegador esa ciudad remota y el itinerario que me ofrece no atraviesa la calle de La Paz sino la de Diego Ramírez, mucho más ruidosa y transitada.
    Mientras avanzo por las calles del presente, tomo sin duda (desoyendo los consejos de Google) la calle de La Paz, recta durante más de un kilómetro y con una suave y prolongada cuesta que, a mitad de trayecto, te hace contemplar desde la altura, toda su extensión.
    En las mañanas de otoño como esta, era bonito mirar hacia la derecha por las bocacalles, si el camino era de ida. O hacia la izquierda, sobre las cinco y media de la tarde, ya de regreso, y distinguir en la lejanía los mástiles de los veleros dorados por el sol, atracados en el puerto deportivo. O un carguero quizás, tras el muelle de Levante. Era como en La isla de Arturo de Elsa Morante.
     Ahora en el cielo hay cirros, y no me importa prever, como si nada me afectara, los cúmulos que vendrán a finales de febrero.