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viernes, 8 de febrero de 2019

Negra noche


      “Los vientos soplarán flojos de componente sur por la mañana, tendiendo a rolar a oeste por la tarde, cuando aumentarán a moderados en el tercio norte."
                                                                                                       Faro de Vigo

      Como indica la nota del periódico, en pleno invierno el viento puede rolar a oeste y encontrarte en mitad de la noche con la sensación de que la primavera ya está ahí: verás altas sobre el poniente las estrellas de Géminis, brillando nítidas, y hacia el este se asomará Virgo. Todo será curiosamente un poco más cálido.
      El viento golpeará en las persianas y, de madrugada, te levantarás agitado pensando que alguien ha llamado a la puerta. Descalzo te encontrarás, sin saber cómo, en mitad del pasillo y comprobarás que por la rendija de debajo de la puerta no hay luz. No obstante te acercarás al umbral y casi pegarás tu mejilla a la madera para susurrar: “¿Eres tú?” 
    Y mejor que no sea ella porque de serlo no iba a venir igual que como tú la conociste, ya no reiría y no consentiría, ni aunque se lo pidieras, dejarse el pelo suelto. Vendría con sus obsesiones y quién sabe si reproches de llevar esa vida en la que no se reconoce.
      Atónito de haberte dado cuenta de esa verdad, retrocederás sobre tus pasos, tus pies, fríos. Pero a pesar de todo agradecerás a la negra noche el haberte traído ese ensueño, esa figura becqueriana que en el fondo echabas tanto de menos y que, por unos segundos, habrás creído real.

martes, 28 de noviembre de 2017

Fi Aquarii

    He querido conservar entre los papeles que llevo a bordo una recopilación del cuaderno de campo de aquellos astrónomos aficionados que, desafiando el frío de las noches de otoño a la intemperie, recorrían con sus pesados binoculares 20x80 la constelación de Acuario, saltando de Sadalsuud a Sadalmelik. Bajaban luego hasta Lambda Aquarii para finalmente girar unos grados hacia el Este y cerciorarse a través de las magnitudes de brillo, que previamente habían comprobado en su ordenador, que lo que estaban viendo era la estrella Fi Aquarii.
    Aquel divertimento de dilettante era simplemente para imaginar que, en visión aparente desde la Tierra, muy cerca de Fi Aquarii, sobre la eclíptica, se encontraría Trappist-1, ese astro en torno al cual la extinta NASA anunció que podría haber planetas con posibilidad de albergar vida.
    Desde la ventanilla veo ahora la Tierra, haciéndose cada vez más pequeña a causa de la endiablada aceleración de este ingenio tecnológico. Y la única palabra que me viene a la cabeza es velocidad.
    Guardo en un dispositivo móvil las novelas que leía mi abuelo sobre sentimientos, reproches, malentendidos, traiciones, frustraciones, asesinatos y hasta adulterios. Se me representa todo como el recuerdo de una civilización imperfecta que todavía mataba en nombre de dios, de un Dios con mayúscula que, en los últimos tiempos antes de la Gran Transformación, no trajo más que problemas y confusión.
    Ahora no es ni siquiera la Fuerza de aquella saga galáctica, con la que tanto me divertí en la infancia, la que nos acompaña.
    Somos lo más parecido a aquellos transhumanos propuestos a inicios del siglo XXI, y en nuestra alma (romántico arcaísmo que me encanta utilizar) tenemos grabada la palabra FUTURO.

viernes, 8 de julio de 2016

El lector que nunca disparó

     Cuando ascendí del parking la luz del mediodía de verano me cegó unos instantes pero frente a mí distinguí la esbelta y blanca silueta del antiguo edificio del Casino, su arquitectura modernista y sus espigadas columnas coronadas por arcos de estilo árabe. Los toldos ligeramente caídos, flameando ante la leve brisa marina.
    Me acordé de mi abuelo, sentado en la cocina de una ciudad lejana, con su vaso de vino encima de la mesa y de aquella historia del falangista que llegó herido tras la guerra pero que a él le confesó que, en realidad, ni era falangista ni nada, que pasó los últimos meses del conflicto escondido en un sótano de Madrid estudiando el papel que representaría cuando acabara todo, de cómo convertiría aquella cojera suya en herida de guerra.
    Imagino aquel hombre que utilizó el contrabando para traer a España el Aleph de Borges en 1949, apenas publicado en Argentina. Otra de sus tantas imposturas.
    Y lo veo sentado, triunfante, en la terraza del Casino, un día de verano como este, hojeando el volumen recién extraído del paquete, con la conciencia tranquila de no haber pegado un solo tiro en la guerra, mientras un camarero todo vestido de blanco le sirve un café en la hora de la siesta.
    Ahora camina por la playa, ha dejado su camisa azul doblada junto a las rocas, y repite de memoria frases del relato La casa de Asterión, en el que Borges hace hablar al Minotauro: “Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande;...”

 
 

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Habitación de hotel

    Me acusan de ser pesimista, de que siempre me pongo en el peor de los casos: en el vagón entran dos jóvenes con una maleta a la que sin miedo a equivocarnos podríamos calificar de inmensa. Un hombre les ayuda a subir la pesada valija y les advierte del peligro, pero ellas, optimistas y despreocupadas, le insisten en que por favor coloque el bulto en las alturas.
    Cuando el tren alcanza los trescientos kilómetros por hora intento relajarme mirando el paisaje. No hablaré, no pensaré nada, escribe Rimbaud. Atrás queda la Navidad con luces y sombras en el corazón. La Mancha en todo su esplendor una soleada tarde de invierno. Arriba, frente a mi mirada, el pesado fardo se tambalea en el transparente estante. Si cae, no será culpa mía. ¿Qué tengo que hacer? Levantarme y decirles que se va a caer, que por favor lo dejen en el suelo. ¿Pero tú de qué vas? Me contestarían tal vez. No seas plomo, hombre.
    A lo lejos, un pequeño núcleo de casas y un campanario en el centro. Me levanto y camino hacia la cafetería. De pie, la sensación de velocidad es mucho mayor. Me invade el ligero pánico que me sobreviene en los aviones cuando van a despegar. La culpa no es tuya si cae la maleta. Al fin y al cabo vas a pasar unos días a un hotel, a despreocuparte de todo, bastantes problemas has solucionado ya en tu casa. Sí, solucionado, porque te has tenido que enfadar, pero están resueltos. El cielo azul y los coches que parecen parados circulando por la autovía. Flechas blancas sobre fondo azul indicando salidas hacia pueblos cuyo nombre no puedes retener. Me acomodo en mi asiento. Vuelvo a mirar hacia las alturas. Cierro los ojos.
    De repente, un golpe seco. Un niño que comienza a llorar desconsolado. La animada conversación de las dos jóvenes se detiene. Nene, ¿te has hecho daño? Cuando menos se tiene que haber asustado al rondarle por la cabeza ese rígido bulto azul que nunca debió colocarse allí. 
    Definitivamente, me siento culpable. Vuelvo a incorporarme y entre las muchas cosas que podía haber hecho o dicho, opto por girarme y camino hacia la plataforma trasera, donde hace un poco más de fresco y el aire acondicionado no calienta tanto. En la cafetería, los pasajeros conversan o leen el periódico. El tren avanza por la terrible estepa castellana, al galope, con un pesimista asomado por la ventanilla, entre el coche diez y once. Quizás en el hotel, cuando vea el azulado reflejo del luminoso sobre las cristaleras del edificio vecino, consiga relajarme. Tal vez.