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lunes, 25 de mayo de 2026

Zona de sombra

    El temporal de viento de noroeste, con alerta amarilla, provocó que el pasado febrero la ruta por carretera sur-norte la desviáramos hacia la zona más cercana al mar, aprovechando el parapeto de las montañas. Doscientos veinte kilómetros con el desafío de no dejarnos llevar por un golpe de aire. 

   Regresaba cansado y con cierta sensación de amargura a causa de todos los asuntos legales que había tenido que resolver esos días: incompetencias ajenas habían acabado derivando en males propios.

   El hecho de no conducir esa tarde me permitió contemplar el olvidado paisaje. Nos detuvimos a echar gasolina y entré también al baño para refrescarme la cara: mis sentidos se revitalizaron un poco. El coche salió embravecido con el impulso de la gasolina y se presentó ante nosotros el tapiz verde de los campos de naranjos que se extendían hasta el mar.

   El sol estaba próximo al horizonte oeste, poblado de montes, con lo cual nuestro tramo de la autopista quedó en la zona de sombra. Lejano en el este iluminado por un fondo azul, preludio de la primavera, apareció el castillo que domina la ciudad donde paso parte del verano: Bomarzo, Los hermanos Karamázov, Las Metamorfosis, El mundo de Guermantes; también los pies descalzos caminando sobre la orilla de la playa.

   Y sin querer vino a mi mente el Purgatorio de Dante, o fue quizás la sensación de haber sufrido.

    Y vi en esa fortaleza dorada por el sol un refugio. La zona de sombra por la que transitaba y la zona de luz como un recuerdo, pero afortunadamente como una promesa al mismo tiempo.

   Los dos carriles de la autopista se convirtieron en tres y se llenaron de los coches que circulaban ya con las luces encendidas. Avanzábamos en silencio con la velocidad restringida por el radar. Habíamos superado el temporal, apenas si quedaban veinte minutos y esa noche dormiríamos en casa.


miércoles, 8 de noviembre de 2017

Ligereza


Sigo. Pasan los días, luminosos
a ras de tierra, y sobre las colinas
ciegos de altura insoportable, y bellos
igual que un estertor de alondra nueva.”

Canto del caminar. Claudio Rodríguez

    Detenido ante la luz roja del semáforo para los peatones me pregunto cuánto tiempo hacía que no iba caminando al trabajo, o al lugar en que mis horas se ocupan.
    Revolviendo en la memoria, como en una vieja maleta, mientras decenas de coches fluyen en torno a una monumental rotonda en todas direcciones, el recuerdo también avanza y, tras décadas de desplazamiento en coche, tren, metro o autobús, llego hasta el camino que hacía de mi casa al colegio.
    Busco en el navegador esa ciudad remota y el itinerario que me ofrece no atraviesa la calle de La Paz sino la de Diego Ramírez, mucho más ruidosa y transitada.
    Mientras avanzo por las calles del presente, tomo sin duda (desoyendo los consejos de Google) la calle de La Paz, recta durante más de un kilómetro y con una suave y prolongada cuesta que, a mitad de trayecto, te hace contemplar desde la altura, toda su extensión.
    En las mañanas de otoño como esta, era bonito mirar hacia la derecha por las bocacalles, si el camino era de ida. O hacia la izquierda, sobre las cinco y media de la tarde, ya de regreso, y distinguir en la lejanía los mástiles de los veleros dorados por el sol, atracados en el puerto deportivo. O un carguero quizás, tras el muelle de Levante. Era como en La isla de Arturo de Elsa Morante.
     Ahora en el cielo hay cirros, y no me importa prever, como si nada me afectara, los cúmulos que vendrán a finales de febrero.

viernes, 21 de octubre de 2016

Encender el fuego

    Debido al clima tropical que nos asola no recordaba cuándo fue la última vez que me puse una camisa, supongo que allá por el mes de abril. Han pasado seis meses. Esta semana ha llovido y ha refrescado y en el aula hemos tenido que cerrar las ventanas.
    La clase de la que voy a hablaros transcurrió con sus normales altibajos, hasta que casi al final propuse una redacción. Traje unos diccionarios. De repente, el silencio. Los alumnos se pusieron inmediatamente a buscar las palabras que les faltaban para completar una frase o argumentar una idea.
    Me conmovió el hecho de verlos asomados a un libro impreso, no a una pantallita tenuemente iluminada tecleando cualquier estupidez. Pasaban las páginas interesados. Fue un gesto mínimo pero revelador. Tras la ventana llovía y el cielo estaba gris. Me pareció que vivíamos en otro país, o quizás en otra época y me acordé de las frases del filósofo que afirma que quienes nos sucedan no sabrán salir de un apuro porque se perderán en el bosque al que iban sus antepasados. Habrán olvidado también las oraciones que les enseñaron y no tendrán la menor idea de encender el fuego purificador.
    Todavía hay esperanza. Mientras escribo estas líneas con bolígrafo sobre una hoja en blanco antes de pasarlas al ordenador, los veo afanados y pienso que quizás sí sepan.

domingo, 27 de septiembre de 2015

Distancia

     Miro a los que me rodean hablar por teléfono sin cesar, a la vecina que todas las mañanas me cruzo cuando voy al trabajo y que pasea a sus perros mientras habla a través del móvil. Otros en la parada de autobús, otros que parecen hablar solos pero en realidad llevan los auriculares puestos.
     Yo quizás me quedé en la época en que se pagaba por cada llamada y no me hago a la idea de que ahora sea prácticamente gratis hablar por teléfono, porque por lo que te cobran por otros conceptos incluyen lo que se conoce por llamadas de voz.
     Y es así que solo hablo una vez por semana con mi familia, que no vive en la misma ciudad que yo. Conservo la tradición del domingo, de cuando era estudiante y hacía cola para llamar desde una cabina e iba preparando las monedas desde que el viernes me daban el cambio en el supermercado, o de cuando vivía en Francia y tenía que cronometrar cinco minutos.
     Hoy que la distancia parece no existir, a mí se me ha grabado como una canción que escuchas por primera vez en un sitio o en una situación y luego, cuando pasados los años la vuelves a escuchar, quedará de forma perpetua asociada a ese remoto instante.
 

jueves, 5 de febrero de 2015

Vencido por el tiempo

     La imagen de aquel empleado le acudía como algo recurrente, quizás por el hecho de que de niños hubieran jugado juntos y tuvieran cierto parecido físico. Siempre delante de aquella máquina comprobando que el resultado fuera el correcto. Eternamente en su puesto. Después de tanto tiempo transcurrido con algún saludo de cortesía y breve conversación, lo tenía allí, delante de él: su conducta no estaba contribuyendo al buen funcionamiento de las cosas. Se le iba a reducir la jornada laboral si persistía en su actitud.
     No hubo ni replica ni enfados ni gritos. Lo vio vencido. Adulto y ajado por el tiempo y por la circunstancias. De todos los papeles que le había tocado interpretar en la vida, sin duda el más odioso era este. Pasó la segunda tarde del año sentado en una mecedora, mirando hacia un horizonte que en otro tiempo anhelara.

viernes, 21 de noviembre de 2014

El infinito viajar

     Anne Rochet era profesora de español en Agen, al sudoeste de Francia. Parece que aun la veo en la luz cálida del salón, en la amable conversación que se estableció entre su marido, su hermosa hija, el asistente de conversación inglés, James, gran jugador de rugby, y yo mismo.
     Fue ella la primera a la que escuché recrearse en el proyecto de un viaje, los preliminares durante los meses anteriores y la contemplación posterior de las vivencias experimentadas. Era agradable aquella gente y podía dilatar la conversación hasta extremos insospechados, siempre interesantes. Era también noviembre, por el centro del brumoso Agen no había nadie a las horas en que la velada se acabó. Salieron los tres a despedirnos hasta el umbral de la puerta.
     Y es ahora que miro en mi cuaderno de viajes y leo una de las anotaciones hechas sobre Berlín en el jueves 7 de agosto: “paseo de noche por la isla de los museos, cerca de donde la gente bailaba iluminada por farolillos de colores. Casi luna llena.”
     

viernes, 31 de octubre de 2014

Personajes del verano (y 3)

     Mi último personaje es hijo del anterior. Una serie de casualidades quiso que de repente me viera con él en la playa, acompañándole a ver si encontraba a alguien con quien jugar a la pelota y así desfogarse un rato. Yo también me hubiera desfogado, pero llegados a la edad adulta las vías de escape son más sutiles y a veces, invisibles. 
    Encontró un adversario con quien empujarse, disputar un balón, darse patadas y revolcarse por el suelo. Yo los contemplaba desde la distancia. La tarde se había tornado gris y el mar hacía como que rompía sobre la costa. Cuando hubieron acabado de rebozarse en la arena y las fuerzas ya no les respondieron, él se quedó sentado mirando el mar. Viendo que pasaba el tiempo y que era hora de devolverlo con sus padres me acerqué hasta él y le pregunté: “¿piensas en algo?” “No. Solo miro el mar."
     Cuando regresábamos a casa, pensando yo que su madre me reñiría por el estado de suciedad de su hijo, él me cogió de la mano.
     Desde aquel momento supe que escribiría este texto. Y aquí estoy, a las puertas de noviembre, trascribiendo la promesa que le hice a aquella tarde.

viernes, 10 de octubre de 2014

Personajes del verano (2)

     Mi segundo personaje es un antagonista del primero. Dicharachero, deportista, altruista. Quizás hablaba demasiado y siempre me llamaba por mi nombre. He de decir que le debo el haber vuelto a jugar en la playa un partido de fútbol. Me reí mucho, como hacía tiempo, cuando conseguí rematar en una pirueta un balón que él me centró. Golpeé con el pie derecho y caí sobre la rodilla izquierda, intuí que me dolería unos días, pero no me importó porque la trayectoria fue tan limpia y el gol tan bonito, que quedé tumbado en la arena boca arriba con los brazos abiertos, y una carcajada se me escapó mientras el sol, en lo alto del cielo, provocaba destellos sobre el cercano mar.
     Y ahora cambio a segunda persona y es como si te hablara, porque también nos arreglaste unas bicicletas en una tarde sofocante, después de haberte bebido unas cervezas y unos chupitos de orujo, según nos confesaste. Si traté de evitarte aquella tarde en que salí a correr, no me lo tengas en cuenta, en realidad te confundí con otro. Sé que habrás seguido mi consejo de, al menos veinticuatro fotos del verano, sacarlas en papel; porque hay cosas que vale la pena conservar y como bien dijiste, puede que algún día no haya electricidad, y entonces, ya veremos, los de instagram.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Personajes del verano (1)

     Sonrió levemente, casi sin querer que se le notara, cuando le di la cantidad de dinero acordada para los quince días. La estancia en su casa fue parte de mi verano en la playa: paseos, sol, noches estrelladas y aviones surcando el cielo. Al día siguiente, con su enorme acento catalán, me propuso que se la comprara. Demasiado dinero. Una cosa es un alquiler y otra son cientos de miles de euros. No estoy hecho para acumular casas.
     Y ahora que llegamos al equinoccio, parece que lo estoy viendo con aire despistado, paseando a su perro por la urbanización que un día sus ancestros cultivaron, cuando era  un campo de naranjos; es por ello que él quizás conserve cierto aire campesino. 
    Y es así como lo rememoro ahora, en un espléndido mediodía del mes de julio, sin camiseta, caminando sobre el paseo de madera junto a la playa, como queriendo por fin ligar tras algún desengaño amoroso. Solitario.  Yo pasé frente a él con una gorra con visera y gafas de sol, y a pesar de todo me reconoció. Me cansé del pueblo con mar y es posible que no regrese más. Tal vez por eso acuda más vivo ese recuerdo de un tipo que me cayó bien y al que ahora, mientras espero la lluvia de otoño, le dedico unas líneas en este blog.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Whatsapp

     En mi nuevo centro de trabajo hay aulas con amplios ventanales que dan a un campo de tiro con arco, lo cual permite que la vista se relaje siguiendo las flechas o recorriendo la línea lejana de cielo que comienza con el rojo edificio de la Facultad de Economía.
     En un artículo que trabajábamos en clase sobre la adaptación de la comunidad portuguesa en Francia, apareció la palabra ailleurs, que se puede traducir al castellano por “en otra parte, en otro lugar”. Pedí a los alumnos que reflexionaran sobre la palabra en ese texto y sobre lo que pudiera significar para ellos. Solo uno de ellos trajo escrito algo al día siguiente, pero me gustó profundamente lo que compuso: “cuando estos portugueses que viven en Francia entran en casa, ya no están en Francia, sino que están en otra parte, en cualquier otro sitio, puede que en Portugal.”
     Yo pensé enseguida en las redes sociales y en la nueva forma de comunicarme que he tenido que adoptar por un cambio de tarifa en mi smartphone. Y quizás lo que conocemos por whatsapp sea algo más complicado que adaptarse a vivir en un país que no es el tuyo, porque todo lo que está o tú creías que estaba ailleurs, te sobreviene y te envuelve como una inesperada ola en mitad de un tranquilo baño en la playa. 
    Tal vez esta contemporaneidad no nos permita irnos o despedirnos definitivamente, y he de decir que añoro las palabras del poeta que afirmaba: “Partir, c’est mourir un peu.”

viernes, 13 de junio de 2014

El verano del amor

    La jornada laboral se presentaba como tantas otras, quizás con un poco menos de stress. La jefa en su despacho muy ocupada. Todo estaba en su sitio.
    Paseaba absorto por los pasillos de mi centro de trabajo y una voz grave me interpeló: “hoy es un gran día”- afirmó -. Me dio rabia la falta de imaginación y no supe responder con nada brillante. “Empieza el Mundial”- sentenció -. Y ya no dijo nada más, con paso incierto se alejó hasta que lo perdí de vista.
    Mi primera impresión fue la de calificarlo de friki, pero la frase fue calando en mí a lo largo de la mañana y traté de ver el sentido profundo: un cúmulo de ideas asociadas a otros veranos y a otros mundiales se fue abriendo paso, recordé a Mario Kempes, a Paolo Rossi y a Maradona; la vieja televisión en blanco y negro que sacamos al balcón  para ver la final más frescos, y luego la de color, en el salón de una casa que ya no existe; y entonces deseé, como Amaral en su canción, que volviera el espíritu olvidado del verano del amor, y a la hora del crepúsculo no pude sino exclamar: “¡claro que es un gran día, hoy empieza otro Mundial!”

domingo, 13 de abril de 2014

¿Cómo era?

     Los campos amanecieron llenos de brumas, ya en la ciudad, al cruzar un paso de cebra se encontró con una compañera de trabajo, pero no quiso dejarle hablar porque esta vez tenía él algo que contar: una expresión relacionada con la niebla que se usaba en su ciudad natal. 
    Transcurrido un rato, sentado y mirando a través de la ventana, dudó de la frase porque fue consciente del enorme tiempo que había transcurrido desde que no la compartía con nadie, que no se acordaba bien si era como efectivamente la había relatado o era de otra manera.

viernes, 7 de marzo de 2014

Los días que no existen

      El domingo pasado, mientras me afeitaba, una voz me interpeló: “¿hoy es treinta?”. La pregunta me descolocó. Por unos segundos perdí la noción del tiempo y del espacio. Sin embargo, me rehíce lo más rápido que pude y contesté: “¿treinta de qué?” “Treinta de febrero”, me respondió la voz.
      Pasé la tarde recostado en el sofá, viendo cambiar los colores del cielo y escuchando programas en France Culture sobre si es lícito triunfar en el trabajo sin ser honesto o sobre los beneficios del olvido para seguir adelante, soltando lastre.
      Al anochecer me invadió una cierta melancolía y pensé que cualquier cosa que emprendiéramos, buena o mala, que pudiera producirnos satisfacción o amargura, carecería de importancia en ese inexistente día del treinta de febrero.

jueves, 16 de enero de 2014

La sombra se desata de la persona

      Cuando antaño amanecía una espléndida mañana de sol en pleno enero, uno se alegraba y pensaba que ya no faltaba tanto para la primavera. Ahora, sin embargo, a esa dichosa luz se une un ligero sentimiento de culpa incubado por las continuas informaciones sobre el cambio climático. El caso es, que la mañana del día de Reyes los niños jugaban sin chaqueta con sus patines y bicicletas recién estrenados, y una pálida luna creciente se delineaba sobre el monótono azul. El mundo estaba en calma, otra vez.
     Busqué en mi repertorio de frases oídas una apropiada para el momento: la escuchaba a lo lejos, un tanto difusa, pero poco a poco fue aclarándose hasta poder pronunciarla.
      Adiós al sometimiento que las costumbres infligen a la razón. 
      Bienvenida Epifanía. 
      Aquí está la frase: "cuando la sombra se desata del objeto, o de la persona". 
      Sensación de ligereza. 
      El nuevo Airbus en pruebas despega sobre el cielo de Toulouse.

martes, 17 de diciembre de 2013

El hijo del héroe

La semana pasada ocurrió algo muy especial en Turín, en una soleada y fría tarde de invierno. Hubo una manifestación de descontento muy parecida al 15M en España. De norte a sur la gente está harta con su gobierno y protesta. En un momento dado, los antidisturbios comprendieron que las protestas eran pacíficas y, uno tras otro, los policías que estaban preparados para actuar con las porras y los escudos se quitaron el casco, dando a entender a la población que ellos también eran el pueblo. La gente, conmovida, empezó a aplaudirles.
Luego, los comentaristas en la radio compararon la imagen con la de Héctor y su hijo en la Ilíada, cuando el pequeño  Astianacte ve a su padre con el yelmo guerrero y se echa a llorar. No lo reconoce. Entonces el héroe se quita el casco y el niño comprende que ese “otro” ya no está obligado a ser fiero, se despoja de su función social de guerrero que ha de luchar, muy a su pesar, contra Aquiles. Resulta que "el del casco" era alguien de la familia.
Esto es lo que no podía dejar de contaros.

sábado, 4 de mayo de 2013

Algún día

    En mitad de la calle detuve un taxi. Indiqué al chofer la dirección y me quedé pasmado mirando el tráfico y revisando mentalmente todas las cosas que había hecho durante el día, las que me quedaban pendientes y las que todavía haría. 
    Hacía tanto tiempo que no recorría esta avenida que me sorprendieron sus tres carriles en un único sentido. Niños saliendo del colegio con bocadillos en la mano, niñas con faldas de cuadros. El paso veloz del vehículo en el cruce con otro gran bulevar. Ya queda menos. ¿Lo llevo todo? Sí, lo llevas todo. Presta atención al salir del taxi no vayas a dejarte la cartera o un billete de cincuenta. Todavía te queda alguno. Otro mensaje en el móvil. Esto es el cuento de nunca acabar.
     De repente el taxi se aleja, me quedo quieto en mitad del asfalto y como un milagro, como un recuerdo intenso de ese verano que no quiere concluir, la superficie mágica del mar. 
    Lo habías olvidado: como concepto y como realidad. No viniste para contemplarlo, ni siquiera te acordabas. Llegaste para realizar un penoso trámite pero te has encontrado ese premio, el aire en la cara proveniente del mar. Tu única patria, tu casa, tu hogar. El mar, la mar. Tantas tardes en su orilla tenían que regresar algún día.