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miércoles, 29 de julio de 2020

Fortalezas


    Por fin he podido dejar atrás la ciudad en la que vivo y trabajo y, como siempre hago, he buscado el mar, otro mar, quizás más limpio y sobre todo, más lejano.
    En el recoleto paseo marítimo, al atardecer, sobre un fondo de palmeras simétricamente alineadas se dibujan cuatro mujeres musulmanas que cubren su cabeza con el hiyab y, tras ellas, en lontananza, la mole flotante del castillo de Peñíscola.
    Esta visión se hubiera quedado ahí, pero mi imaginación ya se había despertado un poco antes, cuando un hombre árabe, sentado en unas rocas frente a la playa, miraba hacia el mar: “igual que Odiseo en la isla de Calipso”; me repito una y otra vez mientras trato de no perder el hilo de la conversación que mantengo con mi acompañante.
    Así, me he sentido parte otra vez de esa comunidad de sentimientos que es el mar Mediterráneo, mucho más fuerte que mi pertenencia a la Europa continental, y por un instante, he creído estar ailleurs, en otro lugar, en otra parte, quizás en Alejandría, divisando la ciudadela de Qaitbay.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Cincuenta y cinco grados norte


    En un relato titulado Skogskyrkogarden escribí hace muchos años: “el norte es silencio, luz crepuscular y ansia de estrella polar”. Por aquel entonces tenía bastante miedo a volar en avión y apenas si pude asomarme por la ventanilla para ver Helsinki desde los cielos, así que todo lo que conté al respecto sobre las vistas y la azafata fue fruto de mi imaginación.
    Sin embargo ahora he perdido el miedo a volar y en la tarde límpida del último agosto miré sin problemas por la ventanilla y pude contemplar desde las alturas el gran puente que une Dinamarca con Suecia sobre el estrecho de Oresund. Es más, disfruté tanto del trayecto y de la novela que estaba leyendo en la que el narrador, con un continuo juego de espejos, me había hecho creer que los zapatos de piel que asomaban a mi izquierda sobre el suelo del pasillo eran los suyos. No quise girarme para no deshacer el hechizo.
    Este verano también descubrí que, como a mí, el mes que más le gusta al poeta Claudio Rodríguez es noviembre.
    A cincuenta y cinco grados de latitud norte, cuando el día es soleado, la luz del cielo por encima de los edificios y sobre los rostros de la gente es la misma que en el mes del poeta a orillas del Mediterráneo, mi lugar de origen.
    La primera tarde que pasamos en Copenhague cenamos en una pizzería con unos amplios ventanales que daban sobre la estación central. Tras varios días recorriendo en tren y en barco la península de Jutlandia quiso la casualidad que la última comida en la ciudad antes de marchar al aeropuerto, la hiciéramos en la misma pizzería. “Se cierra el círculo”, pensé.
    Tras los ventanales, aparecían ahora dorados por la luz de la incipiente tarde los edificios colindantes mientras los perfiles de mis acompañantes se oscurecían ante el destello azul del horizonte. Hablaban del futuro lejano, de volver a la rutina.
    Y por un momento quise no regresar a casa, quedarme allí, como el poeta en noviembre, colgado de aquel silencio, de aquella luz que pronto sería crepuscular, de aquel ansia de estrella polar que tanto me fascinó años atrás.

viernes, 11 de noviembre de 2016

Rüya y Marianne

    ¿Puede realmente pedirte un libro que lo leas? Esa es la sensación que me queda cuando a principios de otoño no pude sino retirar suavemente de la estantería El libro negro de Pamuk, sostenerlo entre las manos, ponerme las gafas, sentarme en el sillón y empezar a deambular por las calles de Estambul, que tantas coincidencias sugiere con respecto a mi ciudad natal y que, una vez más, me plantea la cuestión de esta identidad europea que tan sumisamente hemos adquirido.
    El protagonista busca sin éxito durante toda la novela a Rüya, su amada prima que un día de la lejana adolescencia llegó desde el Magreb a Estambul y hace apenas unas horas se ha marchado de casa inesperadamente.
    Estambul y las luminosas islas del Egeo parecen confundirse ahora. Hace pocos días escuché a ese poeta, ajado por los años, que afirmaba que se encontraba dispuesto para la partida, para reunirse por fin con su musa, con esa imagen de la juventud tantas veces evocada.
    Quizás el libro me preparaba para la fría mañana de hoy en que, escuchando So long Marianne a bordo de un autobús que cruza el puente de Gálata, comprendiera que Rüya y Marianne son, en definitiva, la misma mujer.

miércoles, 13 de abril de 2016

Libros y estrellas


"El sol que reinó sobre mi infancia me privó de todo resentimiento".
Albert Camus
      Es bonito regresar después de mucho tiempo, cuando ni siquiera el perro del anciano te reconoce. Moverte por las viejas calles como un extranjero, libre de cualquier mirada que te pudiera relacionar con el lugar en que naciste.
      En aquel destartalado pueblo junto al mar era difícil conseguir ese libro por el que sentías curiosidad, quizás escuchado en algún programa de radio o aconsejado por un profesor. La librera era una mujer desaliñada que apuntaba de mala gana las referencias; y el encargo, o no llegaba nunca, o tardaba tanto en llegar que cuando lo tenías entre tus manos ya habías perdido el enamoramiento del primer anhelo.
      Cada vez que en los últimos tiempos visito ese pueblo arrasado por el cemento al que alguien robó la belleza y algo más, me emociona entrar en la suntuosa librería que una franquicia de ámbito nacional ha instalado. Dependientes con uniforme informal, suelo enmoquetado, luz tenue y cálida en cada estantería dividida por temas. Me asombra ver tan cerca de donde habitaba aquella desaliñada mujer, libros de la cuidada editorial El Acantilado, toda la nueva y colorida colección de bolsillo de Alianza Editorial, la solemnidad del negro de Cátedra, las novedades de Alfaguara... En el apartado de papelería, libretas para tomar notas con motivos árabes.
      La imaginación se toma la revancha y pienso en la edad que tendría si no tuviera los años que realmente tengo y no hubiera visto las cosas que he visto. Es entonces cuando me veo otra vez como estudiante de instituto y puedo elegir el libro que me da la gana sin darle explicaciones a nadie. Recorro maravillado los estantes y anoto en esa preciosa libreta todas las novelas o poesías que leeré en esas fantásticas noches de verano, en esa especie de buhardilla que daba a una terraza desde la que se veían todas las estrellas.
     



viernes, 28 de febrero de 2014

Iluminaciones

         “Uno va a Venecia a encontrarse con lo que se supone que en el fondo es, y, por eso, en esa ciudad, cuando alguien señala con el índice los caballos de San Marco, o la gris arquería de la plaza, indefectiblemente hay que leer su gesto al revés: señala hacia el paisaje que lleva dentro y que los demás no han sabido descubrir.”

    De las ciudades que he visitado en Italia, nunca me obsesionó Venecia. Es cierto que cuando abandoné Florencia por primera vez compré un inmenso poster de la Piazza della Signoria que pegué al viejo armario de la casa familiar que ya no existe (cuántas cosas tiré que hoy me gustaría recuperar). Cuando la luz de la luna entraba en la habitación yo imaginaba estar en un hotel frente a la espigada torre. 
    Con las cúpulas de Roma soñé muchas noches. Nápoles me sedujo. Reggio Calabria la divisé desde la cubierta de un barco. Brescia acabó conmigo. 
    Sin embargo, leyendo estos días este exquisito fragmento del Mediterráneos de Rafael Chirbes con el que inicio el post, me vino de repente un tropel de imágenes de aquella mañana de agosto de 1989, en que tante Marguerite me mostraba el mundo. 
    Llegué a la Plaza de San Marcos tras atravesar las asfixiantes callejuelas que la envuelven. Cuando me detuve ante esas grises arquerías, dirigí mi mirada al cielo y en las nubes que allí había reconocí algo familiar, ¿un cuadro de Canaletto o remembranzas de mi ciudad natal? (a cientos de kilómetros pero asomada al mismo mar). 
    En cualquier caso, lo que yo aguardaba sin saberlo era leer el texto de Chirbes veintidós años después, el cual da sentido y glorifica aquella mañana veneciana.

domingo, 2 de febrero de 2014

Minuto de silencio en el estadio

    Desde lo alto de la grada de Orriols, en el estadio Ciutat de València, si uno alza la vista, detrás de la portería contraria, puede ver las torres de la fachada de san Miguel de los Reyes, doradas por el sol de la tarde y la cúpula azul, resplandeciente por encima de los campos de l’Horta Nord. 
    La reina Germana de Foix tuvo la idea de levantar ahí un monasterio para ser enterrada junto a su marido, el duque de Calabria. El aire, que viene desde el sur, no es frío y en el cielo, las nubes algodonadas hacen pensar en otra estación del año.
     Las banderas de los veinte equipos que componen la Liga ondean a media asta. Me hubiera gustado ser el operario que así las ha colocado, ocioso en una indolente tarde de sábado. A las dieciocho horas el árbitro pita con su silbato y todo el estadio se pone en pie. 
    Los jugadores de ambos equipos, insignificantes ante tanta belleza, cogidos por los hombros y cabizbajos en el círculo central, contrastan con los colores de sus camisetas sobre el verde césped.
     Delante de mí dos niños de unos siete años juegan a lanzarse palomitas y se pasan un enorme vaso de coca-cola, ajenos al silencio de la gente. Una hoz de luna creciente despunta sobre los edificios, y un poco más abajo, casi tocando las antenas, Mercurio, el mensajero de los dioses.
     Allá enfrente, la fachada barroca con el arcángel justiciero. La reina Germana de Foix y el duque de Calabria. Silencio.

miércoles, 9 de octubre de 2013

El alma del violín

              Para Sheila

“La noche del 18 de noviembre de 1999 (3h 8m hora oficial), basándose en la distribución de partículas eyectadas hace 100 años por el cometa Tempel-Tuttle. Según informaron varios observadores españoles, las Leónidas no decepcionaron en absoluto y colmaron todas las expectativas que en ellas se tenían puestas. Un máximo muy corto pero intenso se pudo observar desde Europa sobre las 2h de Tiempo Universal. En aquellos momentos, una tasa por hora de miles de estrellas fugaces cayeron del cielo.”

           Esa noche yo estaba allí, con mi viejo renault 21, en un campo de naranjos al norte de Sagunto: corroboro completamente el informe que acabo de citar facilitado por Wikipedia. Hacía mucho frío pero nunca he vuelto a ver nada igual.
 El sábado me dirigí con un coche un poco más nuevo muy cerca de aquel lugar. Llegué al atardecer. Pude aparcar al final de un camino flanqueado por cipreses. Una lechuza se posó en un pretérito poste que sostuviera antaño los cables del teléfono. Revoloteó un rato para situarse seguidamente más cerca de mí. Finalmente, cuando la noche caía, desapareció. Ante los negros pero nítidos perfiles en el horizonte del anochecer, quiso también una araña de considerable tamaño columpiarse colgada de uno de los cipreses. A continuación merodeó un gato, pero ya no supe de él. A lo lejos, muy bajas sobre el horizonte, las luces de la ruidosa Valencia. Ciudad que, vista desde la distancia, se me representó como a Sabina el Madrid de los ochenta: lugar donde siempre regresa el fugitivo.
Hace un par de años leí en un libro de música unas frases cuando menos curiosas: “En el interior de la caja se encuentra el alma del violín... Tanto el alma como la barra armónica cumplen dos funciones: ser soportes estructurales (el violín sufre mucha tensión estructural) y transmitir mejor los sonidos dentro de la caja de resonancia…”
           En la plácida noche de otoño, acompañado por la lechuza, el gato y la araña lo que buscaba quizás, mirando un rato hacia el sureste, donde resplandecía Júpiter y otro hacia el noroeste, donde ya declinaba Vega, era el alma de los cielos nocturnos que aquella remota madrugada de noviembre vislumbré: los pobres mortales también padecemos, como el violín, mucha tensión estructural.
 

lunes, 19 de agosto de 2013

Del latín iacere

Hay poses o actitudes del ser humano que han dejado huella en la historia del Arte: el pensador de Rodin o el paseante solitario de Rousseau. Es bien sabido que al yacente se le asocia con la figura del Cristo, pero el diccionario de la Real Academia de la Lengua también tiene un hueco para la persona que está echada o tendida.
El yacente es pues, entre otros muchos supuestos, aquel que se ha despertado y que no puede o no quiere levantarse o, por el contrario, el que se ha acostado y todavía no se ha dormido o está a punto de hacerlo. Dependiendo de la hora y de la estación, el que está tendido o echado contemplará un cielo azul a través de la ventana, si quiso reposar un poco después de haber comido. Si es antes del alba escuchará el tranvía lejano haciendo el primer recorrido para transportar a aquellos que madrugan más que él. Si el otoño llega cargado de tormentas, percibirá sin duda las gotas de lluvia estrellarse contra la persiana, golpeando como si llamaran desde el más allá.
Pero si el estado es de duermevela, la asociación de ideas que haga el yacente ya no será consciente, obedecerá a otro tipo de conexiones: así un tañer de campanas le llevará a una hora remota y a una ciudad distinta de la que ahora habita, siendo su sorpresa mayúscula cuando regrese al estado de consciencia y compruebe el fabuloso viaje que por unos minutos, o quizás segundos, ha realizado.

 

lunes, 5 de agosto de 2013

Viento siroco

     Contemplo el secarral bajo los efectos de un nespresso: what else? Pregunta aparentemente banal. Como a Cesare Pavese a las afueras de Turín, este universo tórrido y solar me remite al pensamiento (una vez más) de la nada, de la desesperanza. Me consuela recordar que hace dos semanas me hallaba en una pequeña playa de difícil acceso, rodeada de pinos, donde las olas rompían y, por un momento creí empuñar el viejo revólver de Meursault. Pero no, no estaba en la playa de Orán, ni había árabes con quien discutir.
     Días más tarde, el viento del sureste me atrapó en un faro cerca de Peñíscola. A lo lejos, la silueta del castillo reverberaba sobre el mar como un cuadro imposible y azul de Magritte. Quisiera desenmarañar, a la manera de Proust, qué significan todos estos símbolos que parecen estar diciéndome algo.
 What else? (Otra vez)
 Nada, solamente luz y calor.
           

viernes, 5 de julio de 2013

A las puertas de Asia

   Viajar en verano conlleva una serie de penalidades que van en aumento si el recorrido es por el Mediterráneo. Al penoso proceso de facturación de equipajes en los aeropuertos seguirán las dudas razonables sobre el destino de estos, para por fin encontrar en las ciudades escogidas muchedumbres de turistas que como yo buscan un lugar al sol.
    Sin embargo hay momentos, instantes, segundos quizás que justifican todo el ajetreo. Llegué en barco a Atenas la mañana del catorce de agosto. Desde el mar, cientos de lucecitas destellaban en las terrazas de los edificios. El regateo con los taxistas que habían de llevarme al barrio de Plaka se sostuvo con mi pobre inglés, pero al final hubo acuerdo. El mediodía llegó y el dios Apolo lograba colarse por las telas que a modo de toldos había instaladas en la puertas de bazares y restaurantes. Me senté a comer de espaldas a la calle sintiendo el rumor y el calor de decenas de personas que deambulaban por los estrechos espacios que mesas, sillas y multitud dejaban expeditos. De repente, un vendedor exclamó algo, su voz se levantó sobre el resto y un escalofrío recorrió mi alma: no estaba donde realmente estaba sino miles de kilómetros más hacia el este.
    El grito me condujo a mi trayecto de los días anteriores. ¿Fueron quizás las cúpulas de san Marco, en Venecia? ¿Fue la exposición de arte bizantino en Corfú? ¿Fue el descubrir en Bari que san Nicolás era de origen turco? ¿O simplemente el regateo por el precio con los taxistas? ¿Qué fue lo que provocó que la llamada de aquel mercader me transportara tan lejos? Sin duda lo pensaré durante un tiempo.