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jueves, 9 de enero de 2025

La Biblioteca

     Todo lo que escucho de interesante me llega a través de la radio, pareciera como si la interacción significativa con el resto de seres humanos se hubiera acabado para mí, o las imágenes me saturaran. No soporto ver las noticias en televisión.

     En la profunda noche llegó la pregunta: “¿debe ser nuestra patria un estado o nación, o quizás pueda estar en otro sitio?”

     Hubo muchas respuestas, yo también pensé en una. Mi patria puede hallarse en las bibliotecas: en la Pública de Amsterdam, en la Joanot Martorell de Valencia, o en la García Márquez de Barcelona.

     Cuando en el trabajo nos reunimos, todos hablan, presa de una enfermiza excitación, yo me aburro hasta el infinito, y si de vuelta a casa, caminando, coincido con el coordinador de la Comisión que nos ocupa y trato de comparar los hermanos ingleses que tenemos de alumnos con los Durrell, él pone cara de no entender lo que digo; y vuelve e insiste con los castigos y las sanciones, como si mis palabras hubieran sido lluvia, o la nieve del olvido de Dublineses, como si lo único que ese hombre pudiera hacer en sus ratos libres fuera mirar las cámaras de seguridad del instituto.

     Es entonces cuando me revelo y desconecto yo también, me voy a La Biblioteca: “y no te reprocho que no seas Marcel Proust, pero por favor, una conversación más motivadora sí que podrías tener”. Le interpelo mentalmente.

      A nuestra derecha, en el norte azul siempre hay esponjosas nubes blancas sobre la línea de horizonte. Avanzamos por una gran explanada desde donde se divisa la rotonda de entrada a la ciudad. Allí se separarán, por fin, nuestros caminos. Él se adentrará en conexiones cerebrales para mí insospechadas, y yo trataré de no caer en el Lado Oscuro de la Fuerza.

martes, 11 de julio de 2023

Una segunda vida

    ¿Cómo serán dentro de veinte años las bibliotecas de los jóvenes que hoy tienen dieciocho?

    ¿No existirán en papel, quizás? ¿Estarán guardadas en un dispositivo móvil? ¿Nadie añorará subrayar y anotar con un lápiz?

    Sea como fuere, a mí el tiempo y el espacio se me han echado encima y he tenido que donar una parte de la mía, que sé que no releeré y de cuyo lugar necesito para seguir renovándome lo que me quede por vivir.

    Llené un carrito de la compra y me dirigí a la librería que acepta donaciones.

    Me recibió una señora de mediana edad que pareció encantada con mi presencia y con la cantidad de libros que aportaba.

    Me pidió que la acompañara y salimos a la calle para dirigirnos a un local anexo: profundo, lleno de volúmenes y de estanterías hasta el infinito. Me sentí aliviado, pues en un principio pensé que existiría alguna dificultad y que tendría que regresar con el carrito y el calor hasta casa.

    Entre los dos los fuimos sacando y contando. Anotaron mi DNI en un ordenador para todo lo relativo a Hacienda y a donaciones.

    Cuando me dijo que ya estaba todo listo, me entró una cierta congoja y le comenté que en el fondo me daba mucha pena despedirme de ellos, pero que por las razones que he expuesto más arriba me veía obligado a ello.

    Ella me consoló con una amplia y sincera sonrisa, como si yo fuera un niño pequeño, y me respondió: “van a tener una segunda vida y además van a generar un dinero que va a ser útil en muchos sitios”. Le agradecí esas palabras de corazón.

    Cuando salí de nuevo a la calle desde el interior de aquel lugar, que ahora desde fuera me parecía irreal, una sensación de pérdida inundó el bulevar por el que circulaban, indiferentes ante mi pena, coches y personas. 

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Habitación de hotel

    Me acusan de ser pesimista, de que siempre me pongo en el peor de los casos: en el vagón entran dos jóvenes con una maleta a la que sin miedo a equivocarnos podríamos calificar de inmensa. Un hombre les ayuda a subir la pesada valija y les advierte del peligro, pero ellas, optimistas y despreocupadas, le insisten en que por favor coloque el bulto en las alturas.
    Cuando el tren alcanza los trescientos kilómetros por hora intento relajarme mirando el paisaje. No hablaré, no pensaré nada, escribe Rimbaud. Atrás queda la Navidad con luces y sombras en el corazón. La Mancha en todo su esplendor una soleada tarde de invierno. Arriba, frente a mi mirada, el pesado fardo se tambalea en el transparente estante. Si cae, no será culpa mía. ¿Qué tengo que hacer? Levantarme y decirles que se va a caer, que por favor lo dejen en el suelo. ¿Pero tú de qué vas? Me contestarían tal vez. No seas plomo, hombre.
    A lo lejos, un pequeño núcleo de casas y un campanario en el centro. Me levanto y camino hacia la cafetería. De pie, la sensación de velocidad es mucho mayor. Me invade el ligero pánico que me sobreviene en los aviones cuando van a despegar. La culpa no es tuya si cae la maleta. Al fin y al cabo vas a pasar unos días a un hotel, a despreocuparte de todo, bastantes problemas has solucionado ya en tu casa. Sí, solucionado, porque te has tenido que enfadar, pero están resueltos. El cielo azul y los coches que parecen parados circulando por la autovía. Flechas blancas sobre fondo azul indicando salidas hacia pueblos cuyo nombre no puedes retener. Me acomodo en mi asiento. Vuelvo a mirar hacia las alturas. Cierro los ojos.
    De repente, un golpe seco. Un niño que comienza a llorar desconsolado. La animada conversación de las dos jóvenes se detiene. Nene, ¿te has hecho daño? Cuando menos se tiene que haber asustado al rondarle por la cabeza ese rígido bulto azul que nunca debió colocarse allí. 
    Definitivamente, me siento culpable. Vuelvo a incorporarme y entre las muchas cosas que podía haber hecho o dicho, opto por girarme y camino hacia la plataforma trasera, donde hace un poco más de fresco y el aire acondicionado no calienta tanto. En la cafetería, los pasajeros conversan o leen el periódico. El tren avanza por la terrible estepa castellana, al galope, con un pesimista asomado por la ventanilla, entre el coche diez y once. Quizás en el hotel, cuando vea el azulado reflejo del luminoso sobre las cristaleras del edificio vecino, consiga relajarme. Tal vez.





martes, 30 de julio de 2013

Argos

     Desde la terraza del cine de verano veo ya las habituales estrellas que acompañarán mi insomnio. Astros apenas incipientes sobre la línea del horizonte a los que, muy a mi pesar, sorprenderé en su ocaso. Estoy cansado, exhausto tal vez, pero sé que no dormiré. Como Argos Panoptes, el gigante de mil ojos, recuerdo otras noches lejanas: en las termas de Caracalla, a las afueras de Roma o en la Arena de Verona. Debería recrearlas y como buen insomne escribir sobre el tiempo en que dormía y las habitaciones en que me despertaba, pero ni eso me permiten los mil ojos que todo lo escrutan.