viernes, 19 de enero de 2018

Comienzo en Elsinor

     La experiencia viajera tiene tres momentos esenciales: el primero cuando surge la expectativa, el proyecto, el nombre de la ciudad o del lugar que se quiere visitar. El segundo llega cuando esas especulaciones pasadas afrontan la aventura real de recorrer los sitios antes tan solo intuidos. Y el tercero es cuando se recuerda, el cual ya nada tendrá que ver con los dos pasos precedentes.
    Es por ello que me recreo en el profundo invierno nórdico y pienso en el castillo de Kronborg, en Elsinor, donde Shakespeare situó al dubitativo Hamlet.
    Es ahora cuando frente a las espaciosas estancias soplará el viento del norte y el mar embravecido por la tormenta golpeará contra el muelle cercano, y los relámpagos agrandaran las sombras en los salones reales.
    Deambulando por aquellos largos corredores o subido frente a la torre más alta, prometí entonces, en la luminosa mañana de verano, que en mi templado invierno tendría un recuerdo para el príncipe danés.
    Y es justo que así sea porque todos somos, a veces, un poco como él.

martes, 28 de noviembre de 2017

Fi Aquarii

    He querido conservar entre los papeles que llevo a bordo una recopilación del cuaderno de campo de aquellos astrónomos aficionados que, desafiando el frío de las noches de otoño a la intemperie, recorrían con sus pesados binoculares 20x80 la constelación de Acuario, saltando de Sadalsuud a Sadalmelik. Bajaban luego hasta Lambda Aquarii para finalmente girar unos grados hacia el Este y cerciorarse a través de las magnitudes de brillo, que previamente habían comprobado en su ordenador, que lo que estaban viendo era la estrella Fi Aquarii.
    Aquel divertimento de dilettante era simplemente para imaginar que, en visión aparente desde la Tierra, muy cerca de Fi Aquarii, sobre la eclíptica, se encontraría Trappist-1, ese astro en torno al cual la extinta NASA anunció que podría haber planetas con posibilidad de albergar vida.
    Desde la ventanilla veo ahora la Tierra, haciéndose cada vez más pequeña a causa de la endiablada aceleración de este ingenio tecnológico. Y la única palabra que me viene a la cabeza es velocidad.
    Guardo en un dispositivo móvil las novelas que leía mi abuelo sobre sentimientos, reproches, malentendidos, traiciones, frustraciones, asesinatos y hasta adulterios. Se me representa todo como el recuerdo de una civilización imperfecta que todavía mataba en nombre de dios, de un Dios con mayúscula que, en los últimos tiempos antes de la Gran Transformación, no trajo más que problemas y confusión.
    Ahora no es ni siquiera la Fuerza de aquella saga galáctica, con la que tanto me divertí en la infancia, la que nos acompaña.
    Somos lo más parecido a aquellos transhumanos propuestos a inicios del siglo XXI, y en nuestra alma (romántico arcaísmo que me encanta utilizar) tenemos grabada la palabra FUTURO.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Ligereza


Sigo. Pasan los días, luminosos
a ras de tierra, y sobre las colinas
ciegos de altura insoportable, y bellos
igual que un estertor de alondra nueva.”

Canto del caminar. Claudio Rodríguez

    Detenido ante la luz roja del semáforo para los peatones me pregunto cuánto tiempo hacía que no iba caminando al trabajo, o al lugar en que mis horas se ocupan.
    Revolviendo en la memoria, como en una vieja maleta, mientras decenas de coches fluyen en torno a una monumental rotonda en todas direcciones, el recuerdo también avanza y, tras décadas de desplazamiento en coche, tren, metro o autobús, llego hasta el camino que hacía de mi casa al colegio.
    Busco en el navegador esa ciudad remota y el itinerario que me ofrece no atraviesa la calle de La Paz sino la de Diego Ramírez, mucho más ruidosa y transitada.
    Mientras avanzo por las calles del presente, tomo sin duda (desoyendo los consejos de Google) la calle de La Paz, recta durante más de un kilómetro y con una suave y prolongada cuesta que, a mitad de trayecto, te hace contemplar desde la altura, toda su extensión.
    En las mañanas de otoño como esta, era bonito mirar hacia la derecha por las bocacalles, si el camino era de ida. O hacia la izquierda, sobre las cinco y media de la tarde, ya de regreso, y distinguir en la lejanía los mástiles de los veleros dorados por el sol, atracados en el puerto deportivo. O un carguero quizás, tras el muelle de Levante. Era como en La isla de Arturo de Elsa Morante.
     Ahora en el cielo hay cirros, y no me importa prever, como si nada me afectara, los cúmulos que vendrán a finales de febrero.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Cincuenta y cinco grados norte


    En un relato titulado Skogskyrkogarden escribí hace muchos años: “el norte es silencio, luz crepuscular y ansia de estrella polar”. Por aquel entonces tenía bastante miedo a volar en avión y apenas si pude asomarme por la ventanilla para ver Helsinki desde los cielos, así que todo lo que conté al respecto sobre las vistas y la azafata fue fruto de mi imaginación.
    Sin embargo ahora he perdido el miedo a volar y en la tarde límpida del último agosto miré sin problemas por la ventanilla y pude contemplar desde las alturas el gran puente que une Dinamarca con Suecia sobre el estrecho de Oresund. Es más, disfruté tanto del trayecto y de la novela que estaba leyendo en la que el narrador, con un continuo juego de espejos, me había hecho creer que los zapatos de piel que asomaban a mi izquierda sobre el suelo del pasillo eran los suyos. No quise girarme para no deshacer el hechizo.
    Este verano también descubrí que, como a mí, el mes que más le gusta al poeta Claudio Rodríguez es noviembre.
    A cincuenta y cinco grados de latitud norte, cuando el día es soleado, la luz del cielo por encima de los edificios y sobre los rostros de la gente es la misma que en el mes del poeta a orillas del Mediterráneo, mi lugar de origen.
    La primera tarde que pasamos en Copenhague cenamos en una pizzería con unos amplios ventanales que daban sobre la estación central. Tras varios días recorriendo en tren y en barco la península de Jutlandia quiso la casualidad que la última comida en la ciudad antes de marchar al aeropuerto, la hiciéramos en la misma pizzería. “Se cierra el círculo”, pensé.
    Tras los ventanales, aparecían ahora dorados por la luz de la incipiente tarde los edificios colindantes mientras los perfiles de mis acompañantes se oscurecían ante el destello azul del horizonte. Hablaban del futuro lejano, de volver a la rutina.
    Y por un momento quise no regresar a casa, quedarme allí, como el poeta en noviembre, colgado de aquel silencio, de aquella luz que pronto sería crepuscular, de aquel ansia de estrella polar que tanto me fascinó años atrás.

viernes, 11 de noviembre de 2016

Rüya y Marianne

    ¿Puede realmente pedirte un libro que lo leas? Esa es la sensación que me queda cuando a principios de otoño no pude sino retirar suavemente de la estantería El libro negro de Pamuk, sostenerlo entre las manos, ponerme las gafas, sentarme en el sillón y empezar a deambular por las calles de Estambul, que tantas coincidencias sugiere con respecto a mi ciudad natal y que, una vez más, me plantea la cuestión de esta identidad europea que tan sumisamente hemos adquirido.
    El protagonista busca sin éxito durante toda la novela a Rüya, su amada prima que un día de la lejana adolescencia llegó desde el Magreb a Estambul y hace apenas unas horas se ha marchado de casa inesperadamente.
    Estambul y las luminosas islas del Egeo parecen confundirse ahora. Hace pocos días escuché a ese poeta, ajado por los años, que afirmaba que se encontraba dispuesto para la partida, para reunirse por fin con su musa, con esa imagen de la juventud tantas veces evocada.
    Quizás el libro me preparaba para la fría mañana de hoy en que, escuchando So long Marianne a bordo de un autobús que cruza el puente de Gálata, comprendiera que Rüya y Marianne son, en definitiva, la misma mujer.

viernes, 21 de octubre de 2016

Encender el fuego

    Debido al clima tropical que nos asola no recordaba cuándo fue la última vez que me puse una camisa, supongo que allá por el mes de abril. Han pasado seis meses. Esta semana ha llovido y ha refrescado y en el aula hemos tenido que cerrar las ventanas.
    La clase de la que voy a hablaros transcurrió con sus normales altibajos, hasta que casi al final propuse una redacción. Traje unos diccionarios. De repente, el silencio. Los alumnos se pusieron inmediatamente a buscar las palabras que les faltaban para completar una frase o argumentar una idea.
    Me conmovió el hecho de verlos asomados a un libro impreso, no a una pantallita tenuemente iluminada tecleando cualquier estupidez. Pasaban las páginas interesados. Fue un gesto mínimo pero revelador. Tras la ventana llovía y el cielo estaba gris. Me pareció que vivíamos en otro país, o quizás en otra época y me acordé de las frases del filósofo que afirma que quienes nos sucedan no sabrán salir de un apuro porque se perderán en el bosque al que iban sus antepasados. Habrán olvidado también las oraciones que les enseñaron y no tendrán la menor idea de encender el fuego purificador.
    Todavía hay esperanza. Mientras escribo estas líneas con bolígrafo sobre una hoja en blanco antes de pasarlas al ordenador, los veo afanados y pienso que quizás sí sepan.

viernes, 8 de julio de 2016

El lector que nunca disparó

     Cuando ascendí del parking la luz del mediodía de verano me cegó unos instantes pero frente a mí distinguí la esbelta y blanca silueta del antiguo edificio del Casino, su arquitectura modernista y sus espigadas columnas coronadas por arcos de estilo árabe. Los toldos ligeramente caídos, flameando ante la leve brisa marina.
    Me acordé de mi abuelo, sentado en la cocina de una ciudad lejana, con su vaso de vino encima de la mesa y de aquella historia del falangista que llegó herido tras la guerra pero que a él le confesó que, en realidad, ni era falangista ni nada, que pasó los últimos meses del conflicto escondido en un sótano de Madrid estudiando el papel que representaría cuando acabara todo, de cómo convertiría aquella cojera suya en herida de guerra.
    Imagino aquel hombre que utilizó el contrabando para traer a España el Aleph de Borges en 1949, apenas publicado en Argentina. Otra de sus tantas imposturas.
    Y lo veo sentado, triunfante, en la terraza del Casino, un día de verano como este, hojeando el volumen recién extraído del paquete, con la conciencia tranquila de no haber pegado un solo tiro en la guerra, mientras un camarero todo vestido de blanco le sirve un café en la hora de la siesta.
    Ahora camina por la playa, ha dejado su camisa azul doblada junto a las rocas, y repite de memoria frases del relato La casa de Asterión, en el que Borges hace hablar al Minotauro: “Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande;...”

 
 

miércoles, 13 de abril de 2016

Libros y estrellas


"El sol que reinó sobre mi infancia me privó de todo resentimiento".
Albert Camus
      Es bonito regresar después de mucho tiempo, cuando ni siquiera el perro del anciano te reconoce. Moverte por las viejas calles como un extranjero, libre de cualquier mirada que te pudiera relacionar con el lugar en que naciste.
      En aquel destartalado pueblo junto al mar era difícil conseguir ese libro por el que sentías curiosidad, quizás escuchado en algún programa de radio o aconsejado por un profesor. La librera era una mujer desaliñada que apuntaba de mala gana las referencias; y el encargo, o no llegaba nunca, o tardaba tanto en llegar que cuando lo tenías entre tus manos ya habías perdido el enamoramiento del primer anhelo.
      Cada vez que en los últimos tiempos visito ese pueblo arrasado por el cemento al que alguien robó la belleza y algo más, me emociona entrar en la suntuosa librería que una franquicia de ámbito nacional ha instalado. Dependientes con uniforme informal, suelo enmoquetado, luz tenue y cálida en cada estantería dividida por temas. Me asombra ver tan cerca de donde habitaba aquella desaliñada mujer, libros de la cuidada editorial El Acantilado, toda la nueva y colorida colección de bolsillo de Alianza Editorial, la solemnidad del negro de Cátedra, las novedades de Alfaguara... En el apartado de papelería, libretas para tomar notas con motivos árabes.
      La imaginación se toma la revancha y pienso en la edad que tendría si no tuviera los años que realmente tengo y no hubiera visto las cosas que he visto. Es entonces cuando me veo otra vez como estudiante de instituto y puedo elegir el libro que me da la gana sin darle explicaciones a nadie. Recorro maravillado los estantes y anoto en esa preciosa libreta todas las novelas o poesías que leeré en esas fantásticas noches de verano, en esa especie de buhardilla que daba a una terraza desde la que se veían todas las estrellas.
     



domingo, 27 de septiembre de 2015

Distancia

     Miro a los que me rodean hablar por teléfono sin cesar, a la vecina que todas las mañanas me cruzo cuando voy al trabajo y que pasea a sus perros mientras habla a través del móvil. Otros en la parada de autobús, otros que parecen hablar solos pero en realidad llevan los auriculares puestos.
     Yo quizás me quedé en la época en que se pagaba por cada llamada y no me hago a la idea de que ahora sea prácticamente gratis hablar por teléfono, porque por lo que te cobran por otros conceptos incluyen lo que se conoce por llamadas de voz.
     Y es así que solo hablo una vez por semana con mi familia, que no vive en la misma ciudad que yo. Conservo la tradición del domingo, de cuando era estudiante y hacía cola para llamar desde una cabina e iba preparando las monedas desde que el viernes me daban el cambio en el supermercado, o de cuando vivía en Francia y tenía que cronometrar cinco minutos.
     Hoy que la distancia parece no existir, a mí se me ha grabado como una canción que escuchas por primera vez en un sitio o en una situación y luego, cuando pasados los años la vuelves a escuchar, quedará de forma perpetua asociada a ese remoto instante.
 

viernes, 24 de abril de 2015

El astronauta perfecto

     Por muchas veces que uno vea 2001 una odisea en el espacio o la repase mentalmente, no dejará de sorprenderse de las interpretaciones que de ella pueden surgir. ¿Acaso el hombre que reposa en esa luminosa habitación de estilo rococó y del que se supone son sus últimos instantes antes de renacer en un saco amniótico que gira alrededor de la Tierra, no fuera una recreación poética, una profecía quizás del tránsito a la eternidad del primer hombre que pisó la luna?




sábado, 21 de marzo de 2015

Al revés

     Al final venció la frase de Des Esseintes, protagonista de la novela Al revés: “¿por qué ponerse en marcha, cuando uno puede viajar tan ricamente sentado en una silla?".
     Acababa de recibir el último libro cuidadosamente empaquetado por los magos de Amazon. Las previsiones del tiempo eran nefastas. Me asaltó un antiguo arrebato y anulé inmediatamente la reserva de hotel que había hecho por internet. No me costó más de un minuto. Sustituiría la rutina habitual por una lectura intensa y largos paseos en horas crepusculares. Surgió sin embargo una pequeña dificultad a la hora de anular el billete de avión. El teléfono siempre comunicaba e internet daba continuos errores. Pensé que tampoco valía la pena molestarse mucho, pues el precio de la reserva había sido irrisorio.