martes, 30 de julio de 2013

Argos

     Desde la terraza del cine de verano veo ya las habituales estrellas que acompañarán mi insomnio. Astros apenas incipientes sobre la línea del horizonte a los que, muy a mi pesar, sorprenderé en su ocaso. Estoy cansado, exhausto tal vez, pero sé que no dormiré. Como Argos Panoptes, el gigante de mil ojos, recuerdo otras noches lejanas: en las termas de Caracalla, a las afueras de Roma o en la Arena de Verona. Debería recrearlas y como buen insomne escribir sobre el tiempo en que dormía y las habitaciones en que me despertaba, pero ni eso me permiten los mil ojos que todo lo escrutan.

viernes, 5 de julio de 2013

A las puertas de Asia

   Viajar en verano conlleva una serie de penalidades que van en aumento si el recorrido es por el Mediterráneo. Al penoso proceso de facturación de equipajes en los aeropuertos seguirán las dudas razonables sobre el destino de estos, para por fin encontrar en las ciudades escogidas muchedumbres de turistas que como yo buscan un lugar al sol.
    Sin embargo hay momentos, instantes, segundos quizás que justifican todo el ajetreo. Llegué en barco a Atenas la mañana del catorce de agosto. Desde el mar, cientos de lucecitas destellaban en las terrazas de los edificios. El regateo con los taxistas que habían de llevarme al barrio de Plaka se sostuvo con mi pobre inglés, pero al final hubo acuerdo. El mediodía llegó y el dios Apolo lograba colarse por las telas que a modo de toldos había instaladas en la puertas de bazares y restaurantes. Me senté a comer de espaldas a la calle sintiendo el rumor y el calor de decenas de personas que deambulaban por los estrechos espacios que mesas, sillas y multitud dejaban expeditos. De repente, un vendedor exclamó algo, su voz se levantó sobre el resto y un escalofrío recorrió mi alma: no estaba donde realmente estaba sino miles de kilómetros más hacia el este.
    El grito me condujo a mi trayecto de los días anteriores. ¿Fueron quizás las cúpulas de san Marco, en Venecia? ¿Fue la exposición de arte bizantino en Corfú? ¿Fue el descubrir en Bari que san Nicolás era de origen turco? ¿O simplemente el regateo por el precio con los taxistas? ¿Qué fue lo que provocó que la llamada de aquel mercader me transportara tan lejos? Sin duda lo pensaré durante un tiempo.
 

 

sábado, 4 de mayo de 2013

Algún día

    En mitad de la calle detuve un taxi. Indiqué al chofer la dirección y me quedé pasmado mirando el tráfico y revisando mentalmente todas las cosas que había hecho durante el día, las que me quedaban pendientes y las que todavía haría. 
    Hacía tanto tiempo que no recorría esta avenida que me sorprendieron sus tres carriles en un único sentido. Niños saliendo del colegio con bocadillos en la mano, niñas con faldas de cuadros. El paso veloz del vehículo en el cruce con otro gran bulevar. Ya queda menos. ¿Lo llevo todo? Sí, lo llevas todo. Presta atención al salir del taxi no vayas a dejarte la cartera o un billete de cincuenta. Todavía te queda alguno. Otro mensaje en el móvil. Esto es el cuento de nunca acabar.
     De repente el taxi se aleja, me quedo quieto en mitad del asfalto y como un milagro, como un recuerdo intenso de ese verano que no quiere concluir, la superficie mágica del mar. 
    Lo habías olvidado: como concepto y como realidad. No viniste para contemplarlo, ni siquiera te acordabas. Llegaste para realizar un penoso trámite pero te has encontrado ese premio, el aire en la cara proveniente del mar. Tu única patria, tu casa, tu hogar. El mar, la mar. Tantas tardes en su orilla tenían que regresar algún día.
 

viernes, 26 de abril de 2013

En el camino

      Asuntos en apariencia banales pueden no serlo para quien realmente tiene ganas de conversar, de hablar sobre lo que sea, de desentrañar la esencia del mundo a partir, por ejemplo, del nombre de una hamburguesa: Samuel L Jackson y John Travolta en una antológica escena de Pulp Ficition discuten sobre el cuarto de libra de McDonald’s que en París se llama Royal Cheese. Esas pequeñas diferencias entre los Estados Unidos y Europa fastidiaban a los dos asesinos sofistas.
      El centro del mundo puede estar en cualquier lugar y desde la magdalena de Proust raro es quien no ha experimentado esta sensación de formas muy diferentes.
      El sábado pasado me vi obligado a cenar en un McDonald’s, en el entorno de un maravilloso centro comercial, donde comprendí que mucha gente pueda sentirse feliz. La chica que estaba detrás del mostrador era más bien bajita y llevaba unas gafas que bajo la gorra con visera le daban cierto aire intelectual.
     Hacía años que no entraba en la cadena de restaurantes de comida rápida. Quise hacerme el listo y pregunté si todavía cocinaban las patatas extra de luxe. En seguida me di cuenta de la exageración y recordé que eran simplemente “de luxe”: sí, por supuesto que las hacían. Pedí varios menús con tal rapidez y destreza que  casi no me reconocí.
     Cuando pude sentarme y unté las patatas fritas en la tarrina de salsa, me vi diez años atrás, frente a la nacional 340 a su paso por Vinaroz, un viernes a mediodía mientras soplaba el viento del sudeste; el que viene de Peñíscola y hace que las tardes de verano sean en aquella zona más llevaderas. Terminaba mi semana laboral y regresaba por fin a casa, pero como en el poema de Cavafis en el fondo pedía que el camino fuera largo, mientras miraba a través de los amplios ventanales los camiones que cruzaban la línea del horizonte hacia Barcelona o Valencia.
 
"- Y la whopper, ¿cómo la llaman en París?
- No lo sé. Nunca he estado en un Burger King."
(fragmento de diálogo de Pulp Fiction)



 

viernes, 19 de abril de 2013

Halcón peregrino

     Ante el juez que me condene por necio o descuidado no podré esgrimir la defensa de que no lo vi venir: su vuelo perfecto se anteponía desde hacía varias semanas a la espigada silueta del Hilton, mientras rasgaba con una amenaza el luminoso horizonte del inicio de año.
      Seguro de que al final vencería no se inmutaba ante mis palmadas o aspavientos, impertérrito en la cornisa vecina. Llegó con un plan asesino desde las montañas colindantes, al norte de Valencia. Nunca creí que lo hiciera.
      La terraza llena de plumas amarillas y en la jaula la cabecita de un canario, dan cuenta de su salvaje festín, ave inclasificable y despiadada.
 

viernes, 12 de abril de 2013

El escritor errante

          La 2 emitió la noche del viernes diez de diciembre una entrevista íntegramente en francés, sin subtítulos siquiera, al autor de Lolita. Frente a él un jovencísimo Bernard Pivot. Preguntado Nabokov por qué lengua era en la que todavía  se sentía más cómodo y, a pesar de haber escrito casi toda su obra en inglés, el ruso errante que finalmente eligió Suiza para vivir porque no podía soportar los países donde el correo (ordinario, el de La Poste, el de Correos) no funcionara bien, afirmó en un francés conjugado en passé simple, que la lengua de sus ancestros era la elegida.
Marcello Mastroianni, en el papel de Romano en Ojos Negros de Nikita Mikhalkov, atraviesa las inmensas llanuras rusas a bordo de un carromato tirado por un caballo. Al amanecer, entre la bruma de los bosques y casi dormido, cree escuchar la voz de su madre que le canta una nana. Cuando los hombres viven destierros obligados o voluntarios siempre recurren a la lengua materna, o quizás es ella, que se impone silenciosa como vestigio de nuestro ser primero y más auténtico.
Un muchacho que me observa al esbozar estas notas, me pregunta:
-          ¿Qué haces?
-          Nada,  apunto cosas que no se me tienen que olvidar.
Nabokov escribía con un lápiz bien afilado.

miércoles, 3 de abril de 2013

Nadir

             Cuando está nublado o hace mucho frío y no me apetece subir hasta la azotea, extiendo el brazo y cojo el móvil que, olvidado, reposa sobre cualquier superficie amueblada de la estancia. Aparece entonces un bonito icono con el nombre de google sky maps sobre una luminosa pantalla. 
    Lo toco con el pulgar derecho, como si este fuera una extensión de mi cerebro, y dirijo entonces el artilugio hacia las alturas. Por un instante se queda a oscuras, pero apenas pasados unos segundos comienzan a aparecer sobre el pequeño rectángulo rutilantes puntitos con un nombre debajo que indica las estrellas, constelaciones y planetas que en ese momento hay en el cielo. 
    Dirijo el teléfono hacia el oeste por ejemplo, y allí está la bola anaranjada de Marte, casi sobre la línea del horizonte, y me digo: “un día tendrás que salir a un lugar despejado con los prismáticos colgados al cuello para verlo de verdad, esto no puede seguir así”. 
    Continúo hacia el este, y voy orientándolo hacia abajo hasta que con mayúsculas se lee "NADIR". Curiosamente ocurre que cuando llego al punto opuesto al cenit doy un respingo y aparto mi mirada de él.
Y divago entonces con la pregunta de si no seré yo un ser supersticioso, educado en los viejos libros impresos del siglo XX o en antiguas lecturas del  poema de Dante, extrañado y desconfiado ante estos omniscientes, prometeicos iconos que consiguen mostrarnos lo que no podemos ver.
 
           

sábado, 23 de marzo de 2013

Turkish airlines

     Si soy puntual o metódico, cada mañana el mismo mensaje publicitario que da la radio me acompaña justamente en idéntico tramo del camino. Cuando la gran ciudad va quedando atrás una suave voz femenina canta en inglés: me quedo con “lovely” y la imaginación recrea un patio lleno de naranjos y una bailarina agita una pandereta, mientras cae una suave lluvia de pétalos de rosa. 
    Ya se puede viajar sin escalas desde Valencia a Estambul. 
    Y me veo en ese hipotético día en que me dirijo a la agencia de viajes para contratar el vuelo y el hotel; o quizás a la luz de una amable lámpara haciendo la reserva por internet con la tarjeta de crédito preparada encima de la mesa; y desde la ventana del hotel contemplo el gran templo de Santa Sofía y el Bósforo. Asia y Europa en una mirada. Y en quién me acompañará en ese viaje. 
    Pero un coche se cruza para abandonar la autovía en la siguiente salida, me hace frenar e imagino las tres luces rojas de mi vehículo vistas desde atrás. Un ligero fastidio me habla de que habrá muchos inconvenientes para volar a Estambul, que la indolencia me vencerá y que ni siquiera iré a renovar mi pasaporte, y quizás nunca contemplaré las aguas del Bósforo desde la habitación del Four Seasons Istanbul.

viernes, 15 de marzo de 2013

¿Por qué se siente más frío antes del amanecer?

     La velada transcurrida a la luz anaranjada de un farolillo fue cálida, llena de conversaciones y de reencuentros. El mar te trajo el sonido de las olas rompiendo contra la orilla. Sentiste toda la calidez del verano hasta que, fatigado, te tumbaste en la cama sin ni siquiera despegar la sábana para cubrirte. 
    Ninguna sombra oscureció tus pensamientos y todo fue quizás un poco como antaño. Pero poco antes de despuntar el alba, cuando Júpiter y Venus se encontraban a media altura sobre el horizonte, lo que en un principio pareció brisa se convirtió en un viento agitado y prolongado que osó mover las cortinas, acelerando tu corazón y haciendo que tus pies sintieran frío. 
    Fue curioso percibir, en la plenitud del verano, las amenazas del otoño cuando no el desasosiego que te provocarían los madrugones del invierno. Incomodado, tuviste que adoptar la pose de un gimnasta y arquear tu cuerpo para levantar la sábana que horas antes, despreocupadamente, habías dejado intacta.