viernes, 21 de octubre de 2016

Encender el fuego

    Debido al clima tropical que nos asola no recordaba cuándo fue la última vez que me puse una camisa, supongo que allá por el mes de abril. Han pasado seis meses. Esta semana ha llovido y ha refrescado y en el aula hemos tenido que cerrar las ventanas.
    La clase de la que voy a hablaros transcurrió con sus normales altibajos, hasta que casi al final propuse una redacción. Traje unos diccionarios. De repente, el silencio. Los alumnos se pusieron inmediatamente a buscar las palabras que les faltaban para completar una frase o argumentar una idea.
    Me conmovió el hecho de verlos asomados a un libro impreso, no a una pantallita tenuemente iluminada tecleando cualquier estupidez. Pasaban las páginas interesados. Fue un gesto mínimo pero revelador. Tras la ventana llovía y el cielo estaba gris. Me pareció que vivíamos en otro país, o quizás en otra época y me acordé de las frases del filósofo que afirma que quienes nos sucedan no sabrán salir de un apuro porque se perderán en el bosque al que iban sus antepasados. Habrán olvidado también las oraciones que les enseñaron y no tendrán la menor idea de encender el fuego purificador.
    Todavía hay esperanza. Mientras escribo estas líneas con bolígrafo sobre una hoja en blanco antes de pasarlas al ordenador, los veo afanados y pienso que quizás sí sepan.

viernes, 8 de julio de 2016

El lector que nunca disparó

     Cuando ascendí del parking la luz del mediodía de verano me cegó unos instantes pero frente a mí distinguí la esbelta y blanca silueta del antiguo edificio del Casino, su arquitectura modernista y sus espigadas columnas coronadas por arcos de estilo árabe. Los toldos ligeramente caídos, flameando ante la leve brisa marina.
    Me acordé de mi abuelo, sentado en la cocina de una ciudad lejana, con su vaso de vino encima de la mesa y de aquella historia del falangista que llegó herido tras la guerra pero que a él le confesó que, en realidad, ni era falangista ni nada, que pasó los últimos meses del conflicto escondido en un sótano de Madrid estudiando el papel que representaría cuando acabara todo, de cómo convertiría aquella cojera suya en herida de guerra.
    Imagino aquel hombre que utilizó el contrabando para traer a España el Aleph de Borges en 1949, apenas publicado en Argentina. Otra de sus tantas imposturas.
    Y lo veo sentado, triunfante, en la terraza del Casino, un día de verano como este, hojeando el volumen recién extraído del paquete, con la conciencia tranquila de no haber pegado un solo tiro en la guerra, mientras un camarero todo vestido de blanco le sirve un café en la hora de la siesta.
    Ahora camina por la playa, ha dejado su camisa azul doblada junto a las rocas, y repite de memoria frases del relato La casa de Asterión, en el que Borges hace hablar al Minotauro: “Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande;...”

 
 

miércoles, 13 de abril de 2016

Libros y estrellas


"El sol que reinó sobre mi infancia me privó de todo resentimiento".
Albert Camus
      Es bonito regresar después de mucho tiempo, cuando ni siquiera el perro del anciano te reconoce. Moverte por las viejas calles como un extranjero, libre de cualquier mirada que te pudiera relacionar con el lugar en que naciste.
      En aquel destartalado pueblo junto al mar era difícil conseguir ese libro por el que sentías curiosidad, quizás escuchado en algún programa de radio o aconsejado por un profesor. La librera era una mujer desaliñada que apuntaba de mala gana las referencias; y el encargo, o no llegaba nunca, o tardaba tanto en llegar que cuando lo tenías entre tus manos ya habías perdido el enamoramiento del primer anhelo.
      Cada vez que en los últimos tiempos visito ese pueblo arrasado por el cemento al que alguien robó la belleza y algo más, me emociona entrar en la suntuosa librería que una franquicia de ámbito nacional ha instalado. Dependientes con uniforme informal, suelo enmoquetado, luz tenue y cálida en cada estantería dividida por temas. Me asombra ver tan cerca de donde habitaba aquella desaliñada mujer, libros de la cuidada editorial El Acantilado, toda la nueva y colorida colección de bolsillo de Alianza Editorial, la solemnidad del negro de Cátedra, las novedades de Alfaguara... En el apartado de papelería, libretas para tomar notas con motivos árabes.
      La imaginación se toma la revancha y pienso en la edad que tendría si no tuviera los años que realmente tengo y no hubiera visto las cosas que he visto. Es entonces cuando me veo otra vez como estudiante de instituto y puedo elegir el libro que me da la gana sin darle explicaciones a nadie. Recorro maravillado los estantes y anoto en esa preciosa libreta todas las novelas o poesías que leeré en esas fantásticas noches de verano, en esa especie de buhardilla que daba a una terraza desde la que se veían todas las estrellas.
     



domingo, 27 de septiembre de 2015

Distancia

     Miro a los que me rodean hablar por teléfono sin cesar, a la vecina que todas las mañanas me cruzo cuando voy al trabajo y que pasea a sus perros mientras habla a través del móvil. Otros en la parada de autobús, otros que parecen hablar solos pero en realidad llevan los auriculares puestos.
     Yo quizás me quedé en la época en que se pagaba por cada llamada y no me hago a la idea de que ahora sea prácticamente gratis hablar por teléfono, porque por lo que te cobran por otros conceptos incluyen lo que se conoce por llamadas de voz.
     Y es así que solo hablo una vez por semana con mi familia, que no vive en la misma ciudad que yo. Conservo la tradición del domingo, de cuando era estudiante y hacía cola para llamar desde una cabina e iba preparando las monedas desde que el viernes me daban el cambio en el supermercado, o de cuando vivía en Francia y tenía que cronometrar cinco minutos.
     Hoy que la distancia parece no existir, a mí se me ha grabado como una canción que escuchas por primera vez en un sitio o en una situación y luego, cuando pasados los años la vuelves a escuchar, quedará de forma perpetua asociada a ese remoto instante.
 

viernes, 24 de abril de 2015

El astronauta perfecto

     Por muchas veces que uno vea 2001 una odisea en el espacio o la repase mentalmente, no dejará de sorprenderse de las interpretaciones que de ella pueden surgir. ¿Acaso el hombre que reposa en esa luminosa habitación de estilo rococó y del que se supone son sus últimos instantes antes de renacer en un saco amniótico que gira alrededor de la Tierra, no fuera una recreación poética, una profecía quizás del tránsito a la eternidad del primer hombre que pisó la luna?




sábado, 21 de marzo de 2015

Al revés

     Al final venció la frase de Des Esseintes, protagonista de la novela Al revés: “¿por qué ponerse en marcha, cuando uno puede viajar tan ricamente sentado en una silla?".
     Acababa de recibir el último libro cuidadosamente empaquetado por los magos de Amazon. Las previsiones del tiempo eran nefastas. Me asaltó un antiguo arrebato y anulé inmediatamente la reserva de hotel que había hecho por internet. No me costó más de un minuto. Sustituiría la rutina habitual por una lectura intensa y largos paseos en horas crepusculares. Surgió sin embargo una pequeña dificultad a la hora de anular el billete de avión. El teléfono siempre comunicaba e internet daba continuos errores. Pensé que tampoco valía la pena molestarse mucho, pues el precio de la reserva había sido irrisorio.
      

jueves, 5 de febrero de 2015

Vencido por el tiempo

     La imagen de aquel empleado le acudía como algo recurrente, quizás por el hecho de que de niños hubieran jugado juntos y tuvieran cierto parecido físico. Siempre delante de aquella máquina comprobando que el resultado fuera el correcto. Eternamente en su puesto. Después de tanto tiempo transcurrido con algún saludo de cortesía y breve conversación, lo tenía allí, delante de él: su conducta no estaba contribuyendo al buen funcionamiento de las cosas. Se le iba a reducir la jornada laboral si persistía en su actitud.
     No hubo ni replica ni enfados ni gritos. Lo vio vencido. Adulto y ajado por el tiempo y por la circunstancias. De todos los papeles que le había tocado interpretar en la vida, sin duda el más odioso era este. Pasó la segunda tarde del año sentado en una mecedora, mirando hacia un horizonte que en otro tiempo anhelara.

viernes, 21 de noviembre de 2014

El infinito viajar

     Anne Rochet era profesora de español en Agen, al sudoeste de Francia. Parece que aun la veo en la luz cálida del salón, en la amable conversación que se estableció entre su marido, su hermosa hija, el asistente de conversación inglés, James, gran jugador de rugby, y yo mismo.
     Fue ella la primera a la que escuché recrearse en el proyecto de un viaje, los preliminares durante los meses anteriores y la contemplación posterior de las vivencias experimentadas. Era agradable aquella gente y podía dilatar la conversación hasta extremos insospechados, siempre interesantes. Era también noviembre, por el centro del brumoso Agen no había nadie a las horas en que la velada se acabó. Salieron los tres a despedirnos hasta el umbral de la puerta.
     Y es ahora que miro en mi cuaderno de viajes y leo una de las anotaciones hechas sobre Berlín en el jueves 7 de agosto: “paseo de noche por la isla de los museos, cerca de donde la gente bailaba iluminada por farolillos de colores. Casi luna llena.”
     

viernes, 31 de octubre de 2014

Personajes del verano (y 3)

     Mi último personaje es hijo del anterior. Una serie de casualidades quiso que de repente me viera con él en la playa, acompañándole a ver si encontraba a alguien con quien jugar a la pelota y así desfogarse un rato. Yo también me hubiera desfogado, pero llegados a la edad adulta las vías de escape son más sutiles y a veces, invisibles. 
    Encontró un adversario con quien empujarse, disputar un balón, darse patadas y revolcarse por el suelo. Yo los contemplaba desde la distancia. La tarde se había tornado gris y el mar hacía como que rompía sobre la costa. Cuando hubieron acabado de rebozarse en la arena y las fuerzas ya no les respondieron, él se quedó sentado mirando el mar. Viendo que pasaba el tiempo y que era hora de devolverlo con sus padres me acerqué hasta él y le pregunté: “¿piensas en algo?” “No. Solo miro el mar."
     Cuando regresábamos a casa, pensando yo que su madre me reñiría por el estado de suciedad de su hijo, él me cogió de la mano.
     Desde aquel momento supe que escribiría este texto. Y aquí estoy, a las puertas de noviembre, trascribiendo la promesa que le hice a aquella tarde.

viernes, 10 de octubre de 2014

Personajes del verano (2)

     Mi segundo personaje es un antagonista del primero. Dicharachero, deportista, altruista. Quizás hablaba demasiado y siempre me llamaba por mi nombre. He de decir que le debo el haber vuelto a jugar en la playa un partido de fútbol. Me reí mucho, como hacía tiempo, cuando conseguí rematar en una pirueta un balón que él me centró. Golpeé con el pie derecho y caí sobre la rodilla izquierda, intuí que me dolería unos días, pero no me importó porque la trayectoria fue tan limpia y el gol tan bonito, que quedé tumbado en la arena boca arriba con los brazos abiertos, y una carcajada se me escapó mientras el sol, en lo alto del cielo, provocaba destellos sobre el cercano mar.
     Y ahora cambio a segunda persona y es como si te hablara, porque también nos arreglaste unas bicicletas en una tarde sofocante, después de haberte bebido unas cervezas y unos chupitos de orujo, según nos confesaste. Si traté de evitarte aquella tarde en que salí a correr, no me lo tengas en cuenta, en realidad te confundí con otro. Sé que habrás seguido mi consejo de, al menos veinticuatro fotos del verano, sacarlas en papel; porque hay cosas que vale la pena conservar y como bien dijiste, puede que algún día no haya electricidad, y entonces, ya veremos, los de instagram.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Personajes del verano (1)

     Sonrió levemente, casi sin querer que se le notara, cuando le di la cantidad de dinero acordada para los quince días. La estancia en su casa fue parte de mi verano en la playa: paseos, sol, noches estrelladas y aviones surcando el cielo. Al día siguiente, con su enorme acento catalán, me propuso que se la comprara. Demasiado dinero. Una cosa es un alquiler y otra son cientos de miles de euros. No estoy hecho para acumular casas.
     Y ahora que llegamos al equinoccio, parece que lo estoy viendo con aire despistado, paseando a su perro por la urbanización que un día sus ancestros cultivaron, cuando era  un campo de naranjos; es por ello que él quizás conserve cierto aire campesino. 
    Y es así como lo rememoro ahora, en un espléndido mediodía del mes de julio, sin camiseta, caminando sobre el paseo de madera junto a la playa, como queriendo por fin ligar tras algún desengaño amoroso. Solitario.  Yo pasé frente a él con una gorra con visera y gafas de sol, y a pesar de todo me reconoció. Me cansé del pueblo con mar y es posible que no regrese más. Tal vez por eso acuda más vivo ese recuerdo de un tipo que me cayó bien y al que ahora, mientras espero la lluvia de otoño, le dedico unas líneas en este blog.