miércoles, 29 de julio de 2020

Fortalezas


    Por fin he podido dejar atrás la ciudad en la que vivo y trabajo y, como siempre hago, he buscado el mar, otro mar, quizás más limpio y sobre todo, más lejano.
    En el recoleto paseo marítimo, al atardecer, sobre un fondo de palmeras simétricamente alineadas se dibujan cuatro mujeres musulmanas que cubren su cabeza con el hiyab y, tras ellas, en lontananza, la mole flotante del castillo de Peñíscola.
    Esta visión se hubiera quedado ahí, pero mi imaginación ya se había despertado un poco antes, cuando un hombre árabe, sentado en unas rocas frente a la playa, miraba hacia el mar: “igual que Odiseo en la isla de Calipso”; me repito una y otra vez mientras trato de no perder el hilo de la conversación que mantengo con mi acompañante.
    Así, me he sentido parte otra vez de esa comunidad de sentimientos que es el mar Mediterráneo, mucho más fuerte que mi pertenencia a la Europa continental, y por un instante, he creído estar ailleurs, en otro lugar, en otra parte, quizás en Alejandría, divisando la ciudadela de Qaitbay.

sábado, 22 de junio de 2019

Expedición hacia el interior

    Decía Jacques Lacan que la peor lengua para realizar el psicoanálisis era el inglés. Hoy en día esa afirmación puede sonar a tantas otras que el siglo XX produjo de forma gratuita.
    Las Erinias eran unas deidades de la antigua Grecia que perseguían especialmente a los que cometían un crimen en el seno de la familia: castigaron con la esquizofrenia y el insomnio a Orestes cuando mató a su madre, Clitemnestra.
     El adjetivo que más se usa para Ulises, el héroe de la Odisea, es talasífronos; literalmente el que tiene entendimiento o mantiene la calma cuando padece.
     Voy a permitirme contradecir a Lacan: James Joyce realizó con la escritura del Ulises un profundo psicoanálisis, no solo personal sino también del hombre contemporáneo, previo a la época de internet (pues los matices de nuestra interioridad han mutado con las nuevas tecnologías, ya no somos los mismos sujetos que los de antaño).
     Siguiendo el hilo del médico psiquiatra, si algún día pudiera elegir una lengua para adentrarme en el psicoanálisis, elegiría sin duda el griego clásico.
    Cuando en el cielo azul del verano, tumbado sobre la arena de la playa, veo las líneas blancas que los aviones dejan en el aire, me gustan las que sugieren la letra alfa. Pienso entonces en la palabra anábasis, que significa “subida, ascensión, expedición hacia el interior”: ¿De dónde?, ¿Del territorio o de uno mismo?, ¿De un lugar real o de uno figurado?
     Y así me inicio en el viaje interior que, como muchos saben, es el único en el que vale la pena aventurarse.

jueves, 2 de mayo de 2019

La espera

    Cualquiera debería poder decir: “estuve cinco días de abril en la Provenza”. Cuando el grupo abandonaba la Place de la République de Arlés en dirección al anfiteatro romano, un transeúnte me interpeló para preguntarme si yo era el guía; “no exactamente”, le respondí. 
    Tras alabar el monumento de su ciudad comparándolo con el de Nîmes, la última nube que había en el cielo dejó por fin salir el sol y el arlesiano concluyó su argumentación diciendo que el anfiteatro de Arlés era “plus flamboyant”, más vistoso, más llamativo. Me despidió con un gentil saludo y me invitó a que yo reflexionara si él decía la verdad o tenía razón.
    Me senté en lo más alto de las gradas romanas y vi a lo lejos los pinos, cipreses y olivos que nos habían de acompañar durante el trayecto hasta Marsella. El adjetivo “flamboyant” seguía flotando en el aire.
    Llegamos a la zona del viejo puerto sobre las cuatro y media de la tarde. Parecía que la tormenta del camino se alejaba por fin y, un hecho banal, como pudiera ser la larga espera que el grupo tuvo que realizar porque hacía dos horas que habíamos comido y todo el mundo necesitaba ir al aseo, me permitió sentarme en las escalinatas de la catedral sin un compromiso inminente: ante mí la bahía y por fin, otra vez el mar azul.
    La amable conversación con la anciana dama que unos minutos antes nos había explicado cómo funcionaban los aseos públicos de Marsella, el hecho de que me preguntara si yo trabajaba en un centro de actividades culturales y deportivas de la ciudad; el acento árabe al hablar francés de otros caminantes a los que pregunté antes de encontrar los aseos, seguido por una masa de adolescentes en apuros. Los que jugaban a la petanca nos decían que nos metiéramos en la catedral mientras alzaban los hombros: todo ello provocó en mí una cierta ensoñación cuando pude relajarme, una vez las chicas y los chicos hacían sus necesidades. E iba para largo, pues tenían que entrar en el habitáculo en grupos de tres o cuatro, ya que cada vez que la puerta se abría, el mecanismo de limpieza duraba unos cinco minutos. 
    El guía de verdad estaba exasperado por todo el tiempo que estábamos perdiendo y todas las cosas que íbamos a dejar de ver. Llegó incluso a discutir con una de las jóvenes y pude escuchar alguna palabra malsonante entre ellos.
    Y en esa bahía y en esa gente amable del sur, un tanto indolente, creí reconocerme una vez más, mientras en una nube se podía leer con letras bien claras: flamboyant.

martes, 2 de abril de 2019

La sábana

     Cansado y ajado por los años como estoy, he pedido a mi mujer que saque una sábana para ti. Está doblada en una silla a la entrada de casa, hoy que llueve sobre esta reseca tierra como antaño nevó sobre la Irlanda de Dublineses.
     Esa tela me arropó en su día, y en las noches de verano noté su tacto suave que ahora te acompañará en la eternidad, mi gran antagonista. Todo lo que tú no supiste realizar se quedó suspendido en el aire para que otro lo tomara y, si en aquel lejano tiempo de la juventud imaginé como Aquiles respecto a Héctor, que no todo te tendría que salir bien, que yo tendría una oportunidad, jamás atisbé un final así: ni tu mujer ni tus hijos irán a despedirte; ni siquiera ese cuñado, que en nombre de la moral siempre denunció a sus adversarios políticos, tendrá un postrero gesto de humanidad para ti.
     Guarda tranquilo la pulsera que alguien me pidió que retirara de tu muñeca, ni yo ni nadie perpetrará esa vileza: con ella podrás pagar al barquero que te conduzca al otro lado de la laguna.
     Esta gris claridad da un tono inesperado a la plegada sábana, que ahora contemplo, atónito. Mientras tanto, cae la lluvia “lánguidamente, sobre todos los vivos y los muertos.”

viernes, 8 de febrero de 2019

Negra noche


      “Los vientos soplarán flojos de componente sur por la mañana, tendiendo a rolar a oeste por la tarde, cuando aumentarán a moderados en el tercio norte."
                                                                                                       Faro de Vigo

      Como indica la nota del periódico, en pleno invierno el viento puede rolar a oeste y encontrarte en mitad de la noche con la sensación de que la primavera ya está ahí: verás altas sobre el poniente las estrellas de Géminis, brillando nítidas, y hacia el este se asomará Virgo. Todo será curiosamente un poco más cálido.
      El viento golpeará en las persianas y, de madrugada, te levantarás agitado pensando que alguien ha llamado a la puerta. Descalzo te encontrarás, sin saber cómo, en mitad del pasillo y comprobarás que por la rendija de debajo de la puerta no hay luz. No obstante te acercarás al umbral y casi pegarás tu mejilla a la madera para susurrar: “¿Eres tú?” 
    Y mejor que no sea ella porque de serlo no iba a venir igual que como tú la conociste, ya no reiría y no consentiría, ni aunque se lo pidieras, dejarse el pelo suelto. Vendría con sus obsesiones y quién sabe si reproches de llevar esa vida en la que no se reconoce.
      Atónito de haberte dado cuenta de esa verdad, retrocederás sobre tus pasos, tus pies, fríos. Pero a pesar de todo agradecerás a la negra noche el haberte traído ese ensueño, esa figura becqueriana que en el fondo echabas tanto de menos y que, por unos segundos, habrás creído real.

jueves, 12 de julio de 2018

Precio irrisorio

    En Rai Radio 3 escucho un programa que se llama Fahrenheit, sin duda en referencia a la novela distópica de Ray Bradbury Fahrenheit 451, que algunos años después François Truffaut llevaría al cine.
    El programa comienza hacia las tres de la tarde y habla sobre libros y todo lo que pueda estar relacionado con ellos: hay oyentes que buscan libros descatalogados que, otros oyentes que ya no los necesitan, regalan de manera altruista. Hay también un concurso en que, a partir de un pequeño fragmento se debe adivinar el título de la obra. Confieso que ha habido ocasiones en que lo he acertado.
    No hace muchos días uno de los programas trataba de cómo está cambiando la lengua italiana. Entre la lista de palabras que algunos oyentes señalaban en desuso, apareció “irrisorio”.
    Aunque la temperatura a la que arde el papel sea precisamente a 451 grados Fahrenheit, el hilo de la memoria recorre unos caminos que, a priori, no están trazados en ningún sitio: esquiva el fuego y todo tipo de inconvenientes materiales.
    De repente, me trasladé a agosto de 1998, al hall del Hotel Angloamericano, muy cerca de la plaza del Tritone, en Roma. Una tarde soleada llena de expectativas.
    ¿Fue quizás aquel recepcionista que nos indicaba el precio de las entradas para un concierto de piano junto al teatro di Marcello, uno de los pocos que, ya por aquel entonces, utilizaba aquel adjetivo olvidado hoy por los hablantes?
    Y es así como las palabras y los libros te llevan de un sitio a otro sin aparente motivo; yo ahora pienso, por ejemplo, en un cuento de Borges llamado Funes el memorioso o en la madeleine de Proust. El programa ha cumplido su objetivo, mucho más incluso de lo inicialmente planeado, estoy seguro.

jueves, 14 de junio de 2018

En torno a Alnath

    En visión aparente desde la tierra el sol se encuentra rondando la estrella Alnath. Durante este mes ascenderá sobre nuestro horizonte recorriendo el mismo camino que nos muestra la constelación de Tauro en las noches de otoño. Y, gracias a esa altura sobre nuestras cabezas, estaremos más contentos (también aparentemente) y las sombras de nuestros cuerpos sobre el asfalto, a mediodía, serán cada vez más cortas. El cielo será blu dipinto di blu y tendremos la sensación de estar viendo un cuadro de Canaletto o de estar escuchando un presto de Vivaldi.
    Comeré higos y beberé té al amanecer; y esperaré hasta media mañana para que el viento Gregal comience a soplar. Me acordaré entonces de Anaxágoras, quien afirmaba hace más de dos mil años que nuestra estrella era más grande que el Peloponeso.
    Cuando el viento role a sureste entre unos pinos centenarios vendrá Demócrito para recordarme que el individuo debe ser considerado como un mundo en sí, como un pequeño cosmos donde la principal misión sea mantener el orden y la paz, y entonces sonreiré con él y me permitiré la frivolidad de escribir esta frase: tantum in tempore postmeridiano animae pacem reperio.

viernes, 19 de enero de 2018

Comienzo en Elsinor

     La experiencia viajera tiene tres momentos esenciales: el primero cuando surge la expectativa, el proyecto, el nombre de la ciudad o del lugar que se quiere visitar. El segundo llega cuando esas especulaciones pasadas afrontan la aventura real de recorrer los sitios antes tan solo intuidos. Y el tercero es cuando se recuerda, el cual ya nada tendrá que ver con los dos pasos precedentes.
    Es por ello que me recreo en el profundo invierno nórdico y pienso en el castillo de Kronborg, en Elsinor, donde Shakespeare situó al dubitativo Hamlet.
    Es ahora cuando frente a las espaciosas estancias soplará el viento del norte y el mar embravecido por la tormenta golpeará contra el muelle cercano, y los relámpagos agrandaran las sombras en los salones reales.
    Deambulando por aquellos largos corredores o subido frente a la torre más alta, prometí entonces, en la luminosa mañana de verano, que en mi templado invierno tendría un recuerdo para el príncipe danés.
    Y es justo que así sea porque todos somos, a veces, un poco como él.

martes, 28 de noviembre de 2017

Fi Aquarii

    He querido conservar entre los papeles que llevo a bordo una recopilación del cuaderno de campo de aquellos astrónomos aficionados que, desafiando el frío de las noches de otoño a la intemperie, recorrían con sus pesados binoculares 20x80 la constelación de Acuario, saltando de Sadalsuud a Sadalmelik. Bajaban luego hasta Lambda Aquarii para finalmente girar unos grados hacia el Este y cerciorarse a través de las magnitudes de brillo, que previamente habían comprobado en su ordenador, que lo que estaban viendo era la estrella Fi Aquarii.
    Aquel divertimento de dilettante era simplemente para imaginar que, en visión aparente desde la Tierra, muy cerca de Fi Aquarii, sobre la eclíptica, se encontraría Trappist-1, ese astro en torno al cual la extinta NASA anunció que podría haber planetas con posibilidad de albergar vida.
    Desde la ventanilla veo ahora la Tierra, haciéndose cada vez más pequeña a causa de la endiablada aceleración de este ingenio tecnológico. Y la única palabra que me viene a la cabeza es velocidad.
    Guardo en un dispositivo móvil las novelas que leía mi abuelo sobre sentimientos, reproches, malentendidos, traiciones, frustraciones, asesinatos y hasta adulterios. Se me representa todo como el recuerdo de una civilización imperfecta que todavía mataba en nombre de dios, de un Dios con mayúscula que, en los últimos tiempos antes de la Gran Transformación, no trajo más que problemas y confusión.
    Ahora no es ni siquiera la Fuerza de aquella saga galáctica, con la que tanto me divertí en la infancia, la que nos acompaña.
    Somos lo más parecido a aquellos transhumanos propuestos a inicios del siglo XXI, y en nuestra alma (romántico arcaísmo que me encanta utilizar) tenemos grabada la palabra FUTURO.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Ligereza


Sigo. Pasan los días, luminosos
a ras de tierra, y sobre las colinas
ciegos de altura insoportable, y bellos
igual que un estertor de alondra nueva.”

Canto del caminar. Claudio Rodríguez

    Detenido ante la luz roja del semáforo para los peatones me pregunto cuánto tiempo hacía que no iba caminando al trabajo, o al lugar en que mis horas se ocupan.
    Revolviendo en la memoria, como en una vieja maleta, mientras decenas de coches fluyen en torno a una monumental rotonda en todas direcciones, el recuerdo también avanza y, tras décadas de desplazamiento en coche, tren, metro o autobús, llego hasta el camino que hacía de mi casa al colegio.
    Busco en el navegador esa ciudad remota y el itinerario que me ofrece no atraviesa la calle de La Paz sino la de Diego Ramírez, mucho más ruidosa y transitada.
    Mientras avanzo por las calles del presente, tomo sin duda (desoyendo los consejos de Google) la calle de La Paz, recta durante más de un kilómetro y con una suave y prolongada cuesta que, a mitad de trayecto, te hace contemplar desde la altura, toda su extensión.
    En las mañanas de otoño como esta, era bonito mirar hacia la derecha por las bocacalles, si el camino era de ida. O hacia la izquierda, sobre las cinco y media de la tarde, ya de regreso, y distinguir en la lejanía los mástiles de los veleros dorados por el sol, atracados en el puerto deportivo. O un carguero quizás, tras el muelle de Levante. Era como en La isla de Arturo de Elsa Morante.
     Ahora en el cielo hay cirros, y no me importa prever, como si nada me afectara, los cúmulos que vendrán a finales de febrero.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Cincuenta y cinco grados norte


    En un relato titulado Skogskyrkogarden escribí hace muchos años: “el norte es silencio, luz crepuscular y ansia de estrella polar”. Por aquel entonces tenía bastante miedo a volar en avión y apenas si pude asomarme por la ventanilla para ver Helsinki desde los cielos, así que todo lo que conté al respecto sobre las vistas y la azafata fue fruto de mi imaginación.
    Sin embargo ahora he perdido el miedo a volar y en la tarde límpida del último agosto miré sin problemas por la ventanilla y pude contemplar desde las alturas el gran puente que une Dinamarca con Suecia sobre el estrecho de Oresund. Es más, disfruté tanto del trayecto y de la novela que estaba leyendo en la que el narrador, con un continuo juego de espejos, me había hecho creer que los zapatos de piel que asomaban a mi izquierda sobre el suelo del pasillo eran los suyos. No quise girarme para no deshacer el hechizo.
    Este verano también descubrí que, como a mí, el mes que más le gusta al poeta Claudio Rodríguez es noviembre.
    A cincuenta y cinco grados de latitud norte, cuando el día es soleado, la luz del cielo por encima de los edificios y sobre los rostros de la gente es la misma que en el mes del poeta a orillas del Mediterráneo, mi lugar de origen.
    La primera tarde que pasamos en Copenhague cenamos en una pizzería con unos amplios ventanales que daban sobre la estación central. Tras varios días recorriendo en tren y en barco la península de Jutlandia quiso la casualidad que la última comida en la ciudad antes de marchar al aeropuerto, la hiciéramos en la misma pizzería. “Se cierra el círculo”, pensé.
    Tras los ventanales, aparecían ahora dorados por la luz de la incipiente tarde los edificios colindantes mientras los perfiles de mis acompañantes se oscurecían ante el destello azul del horizonte. Hablaban del futuro lejano, de volver a la rutina.
    Y por un momento quise no regresar a casa, quedarme allí, como el poeta en noviembre, colgado de aquel silencio, de aquella luz que pronto sería crepuscular, de aquel ansia de estrella polar que tanto me fascinó años atrás.